Andén interior

Andén interior

Datos personales

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Oriana - Parte 3

 Parte 3                                                   
 
                                                        
   Los caminos de Mauro

Un día tormentoso, lleno de emociones encontradas y un  clima otoñal impredecible. 

Mauro, con su cabello negro ensortijado y mantenido a raya, sus expresivos ojos cafés claros y su recién cortada barba, acaba de llegar al pueblo en pleno mediodía y en el autobús del lugar. No pasa desapercibido, con su estatura de 1.80 metros y su cuerpo esbelto.

El cielo de San Nicolás de los Milagros está negro y muy cargado, los vientos fuertes acompañados por relámpagos y truenos crean una orquesta estruendosa que anticipa intensa lluvia por la noche, según el reporte del meteorológico.

Mauro se hospedó en el Hotel del Parque, ubicado frente al Kiosco de tantos recuerdos juveniles. Su gabardina negra a la rodilla, cubre un suéter blanco de cuello alto y unos pantalones de pana gris con mocasines a juego.

Llegando a su hospedaje sube los escalones con su pequeña maleta, buscando la habitación 203 que le asignaron, con un gran ventanal al parque, tal y como lo pidió. El balcón lo invita a asomarse, a respirar el aire del pueblo pero lo deja para después, hay cosas más urgentes: hacer una llamada y dormir.

Marca en el teléfono fijo del cuarto, el número de sus padres que están por regresar de viaje, para avisarles con Marcia (la ayudante de su mamá), que estará a las ocho de la noche para cenar con ellos. Tomará una siesta, las 6 horas de camino sin pavimentar, con el zangoloteo del autobús a través de montañas nubosas lo han dejado apaleado. 

La casa color blanco de los padres de Mauro, con sus gruesas paredes y doble techo con tejas rojas es inconfundible en Nico de los milagros, como suelen llamar los lugareños a su comunidad.

Su pesado portón de madera oscura con estoperoles y flores grabadas, siempre hace ruido al abrir y cerrar, pero su madre dice que es mejor así, para saber quien llega y quien sale y no llevarse sustos.

La grácil manija dorada en forma de mano, fue regalo de su abuela, cansada de tener que gritar que estaba afuera y que le abrieran. Mauro, recostado en el sillón de su cuarto de hotel, ríe divertido con las ocurrencias de su familia. Y por fin se queda dormido.

En casa de sus padres, la limpieza continua con Marcia a la cabeza siguiendo las instrucciones de la patrona:  El vestíbulo beige, luce alumbrado por la tarde con los candiles de toda la vida recién limpiados y brillando como diamantes.

El  gran espejo de la entrada con su marco café oscuro grabado delicadamente, aparece reluciente y reflejando todo el cielo por lo pulido que está, Marcia se siente orgullosa de su trabajo,

Los muebles del recibidor en tonos claros, contrastan con el jarrón con flores multicolores de la mesa del centro, anticipando la alegría de recibir a una persona muy amada.

Marcia de 20 años, menudita, con sus lacios cabellos negros abajo del hombro y amarrados en un lazo rosa, zapatos negros de piso, un mandil blanco impecable y su vestido debajo de la rodilla en color rosa fuerte, ha terminado su jornada. 

- ¡Todo listo tal y como lo pidieron los patrones! -suspira tranquila. 
Se quita su mandil, peina su cabello y lo deja suelto. Son las 5 de la tarde, hora de descansar.

- Ya me voy doña Adriana - dice a su patrona que cocina apurada frente a la estufa llena de ollas y sartenes. Ya quedó la mesa puesta y todos los pendientes que me pidió.
 
- Que Dios te acompañe Marcia, guardaré comida para que la desayunes mañana. Ve con cuidado, no tarda en llover.

- Que rico huele lo que está cocinando señora, que termine pronto. Hasta mañana.
Los pasos rápidos de Marcia por el pasillo, se apagan al llegar al portón y abrirlo. El clásico chirrido anuncia que ha salido rumbo a su casa.

Por la noche, todo es felicidad en el corazón de doña Adriana, que ansia abrazar a su hijo y decirle lo mucho que lo ha extrañado. Revisa nuevamente el sabor de lo que cocinó para estar segura, sale a ver la mesa del comedor ya puesta por  cualquier imperfección en los cubiertos, el jarrón con flores o el mantel, y pasea por la entrada observando cuidadosamente que todo luzca sin polvo y brillante.

En cambio en el corazón y la mente de don Othón, hay remordimientos pensando en lo que habrá pasado Mauro, para vivir con sus  escasos recursos. Siempre apostó a que volvería en unos cuantos meses lleno de fracasos y arrepentido, pero no fue así.  

En ese tiempo transcurrido, Oriana les compartía algunas noticias de su hijo, no todo seguramente, pero al menos sabían de su vida y eso les permitía estar un poco más tranquilos viendo que era un guerrero aferrado a sus sueños. 

En el exterior de la casa, el viento, los truenos y la intensa lluvia ya están presentes. Son exactamente las 8 de la noche, el reloj del comedor lo marca con campanadas musicales. 

- CLAP, CLAP, CLAP - el sonido metálico de la manita del portón, anuncia la llegada del visitante más anhelado por muchos años.   

- Ya voy hijitoo, ya vooy - grita doña Adriana, caminando rápidamente con su vestido de flores abajo de la rodilla y sus pequeños zapatos negros de tacón muñeca sonando en el piso rústico.

Adriana abre el portón, escuchándose el chirrido típico de la puerta, y luego, ríos de lágrimas se derraman en su rostro, mientras con voz entrecortada repite:
- Maurooo, Mauritooo - y le da un abrazo eterno al recién llegado. 

Mauro, con voz grave y temblorosa dice varias veces:
- Mamá, mamita, mientras acaricia su blanco cabello amarrado en un chongo, le besa la frente y la estrecha por todos los 8 años que lleva lejos de ella.

A cierta distancia Don Othón se seca sus propias lágrimas, convencido de que un hombre siempre tiene que aparentar fuerza y fortaleza, aunque el corazón se le desmorone de amor por su único hijo. 

Mauro y Adriana se mantienen abrazados sin decir palabras.

El sonido de la tempestad se cuela por la puerta abierta, interrumpiendo el abrazo de madre e hijo que se sueltan y ríen, cerrando el pesado portón que emite su tradicional chirrido. 

- ¿Mauro y tu equipaje? - pregunta Adriana

-  Mamá no quiero darles molestias, me quedaré en el Hotel frente al parque. Tengo cosas que hacer, y mañana al mediodía regresaré a la ciudad. 

- Ay hijo quédate con nosotros hoy, tu recámara está lista, dame la ilusión de que todavía vives bajo nuestro techo. 

Don Othón respira profundamente para darse valor, y al fin se acerca con pasos lentos. Sus lentes cuadrados con armazón de madera, van a mitad de su nariz como siempre. Sus zapatos favoritos de gamuza negra también le acompañan en ese pausado caminar rumbo a su hijo. 

Y un recién estrenado suéter de lana gris, encima de su camisa blanca de manga larga, y su overol azul marino de faena en la finca, complementan el atuendo. Othón siempre luce ropa de trabajo, funciona  como su escudo ante el mundo dándole seguridad.

- Mauroooo, bienvenido a casa, que gran alegría nos das a tu madre y a mí - dice abriendo los brazos y extendiéndolos para alcanzar a su hijo.

Adriana se hace a un lado, y Mauro, que sólo adicionó su perfume favorito al vestuario con que llegó al pueblo, camina para abrazar a su padre. 

Un abrazo muy fuerte entre padre e hijo, que dura algunos minutos y son suficientes para celebrar su regreso. Dejan de abrazarse y ambos sonríen, su padre no puede evitar acariciarle la cabeza y revolverle el cabello mientras ambos ríen estrepitosamente.

- Papá, alborotas mis rizos y mira que son difíciles de aplacar - ríe Mauro, aplanando su pelo con ambas manos. 

La lluvia ha subido en intensidad, y caen truenos muy cerca del lugar, opacando con el ruido de las descargas eléctricas, las voces de la familia reunida alrededor de la gran mesa del comedor. 

En un  improvisado lenguaje de señas, doña Adriana pide pasarle los platos para servir la pasta verde hecha con espinacas, adornada con un queso de cabra desmoronado encima y crema fresca, preparada  para acompañar una deliciosa carne asada de cordero. 

Mientras, don Othón sirve el vino de la casa para que su hijo lo disfrute tanto como ellos.

El olor de la cena es delicioso, Mauro suspira, es su guiso favorito y receta de la abuela ya fallecida. 
Está feliz de que su madre lo haya preparado para recibirlo, un reencuentro anhelado por todos.

- Mauro - dice don Othón - ¿Y cómo te van las cosas en la ciudad? 
Si algo tengo que agradecer a Oriana y su familia, es la amabilidad que han tenido todos estos años con nosotros, al irnos informando como transcurría tu vida, hijo - y sin poderlo evitar, se le quiebra la voz.

- Han sido años muy difíciles para nosotros Mauro - interviene doña Adriana llorando fuertemente - alejados de ti, sin que tuviéramos la oportunidad de verte y reconciliarnos contigo, porque tenías razón en evitarnos.

- Papá, mamá, también fue un período de vida muy complicado para mi, pero fue parte de crecer, de  madurar y entender que tenía que lograr algo de lo que quería, para que valiera la pena tanto sacrificio.

- Cuéntanos Mauro, como transcurrieron estos años - suplica doña Adriana.
 
- Mamá, al inicio tuve el cobijo de una familia con la que empecé a trabajar en una tienda de víveres todos los días, repartiendo mercancías a cambio de comida y techo. Pero requería tener un pago, para juntar dinero y emprender mis sueños. 

- Ay hijito, si tan solo nos hubieras avisado...llora quedamente doña Adriana, seguro convencía a tu padre y todo hubiera sido más fácil para ti. 

- Mamá, no llores, no me fue tan mal. Un año después, un conocido de mis patrones (don Javier), me ofreció trabajo como su chofer, descansando fines de semana y con un pago que alcanzaba para cubrir mi cuarto, alimentos y tener un poco de ahorro. Y así fueron surgiendo las oportunidades.

- Hijo, estoy tan apenado contigo, pero tan orgulloso de ti porque supiste salir adelante - comenta con voz quebrada Don Othón.

- Papá, las oportunidades van llegando. Un día en un café donde entramos a cenar don Javier y yo,  tenían anunciado como variedad un artista llamado "Saltarin, saltaron" cuyo número estrella consistía en improvisar versos de acuerdo al nombre de las personas del público, y tocar su acordeón de una forma magistral para acompañar canciones que también iba improvisando. Eso fue fascinante, todos nos reímos y aplaudimos a rabiar.

- Que simpático nombre el del artista que viste - comenta doña Adriana, más tranquila.

- Si mamá, y lo mejor es que de su mano llegó una oportunidad. Don Javier decidió invitarlo a cenar en nuestra mesa. El nombre real de dicho artista es Samuel Leiteron, de ahí derivó su nombre ficticio. Nos contó que había estudiado música y composición, trabajado formalmente en una orquesta exitosa, pero después de un rompimiento amoroso caótico, decidió irse de su ciudad y viajar por el mundo. 

- ¡Vaya artista que conociste, alguien sin raíces! - comentó críticamente don Othón

- Papá, hay muchos estilos de vida y son respetables porque son una decisión personal y cada cual es dueño de su vida. 

- Si, si tienes razón hijo - concluyó don Othón

- Prosigo mi historia papá. Samuel Leiteron, después de cenar con nosotros y antes de despedirse muy agradecido,  me dejó una tarjeta un poco ajada, con el nombre de un buen amigo suyo, que vivía en la ciudad donde yo estaba. Ya le había contado mis sueños, y los casi 2 años buscando una oportunidad. 

Samuel escribió una dirección y  unas palabras de presentación y me dijo:
- ¡Tienes suerte hijo, hoy estoy de buenas y te doy el pasaporte a tus sueños, ya verás!

Y se retiró, dándome una palmada en la espalda, como muestra de confianza y buena suerte. 

Mauro miró el reloj del comedor donde se encontraban sentados, y asombrado comentó: 

- !Padres míos, es la una de la mañana! el tiempo se ha ido volando. Estoy agotado, han sido muchas horas de camino y demasiadas emociones en este reencuentro, así que me gustaría poder descansar. Prometo que mañana temprano vendré a despedirme - dijo Mauro

- Doña Adriana, con lágrimas en los ojos - lo abrazó y le pidió que les perdonara su soberbia y orgullo.

- Don Othón, se acercó a su hijo, le sobó la cabeza - y comentó  que entendía no se pudieran borrar los desacuerdos profundos en una cena, pero que agradecía la oportunidad de verlo.

Mauro se levantó de su silla, sonrió y les dijo 
- "Iremos poco a poco reconstruyendo nuestra relación, lo prometo" 

Sus padres acompañaron a Mauro a la puerta, sonrío al verlos juntos y cerró la gruesa puerta que rechinó como siempre.

La noche era tranquila, ni un ruido en las calles empedradas de San Nico de los milagros. 
La lluvia desapareció, el olor a petricor llenaba el ambiente, mientras Mauro caminaba  lentamente disfrutando su paseo nocturno. Algunas casas aún tenían luces encendidas, ladridos de perros se escuchaban a lo lejos. 

Mauro, iba reflexionando mientras se dirigía a su hotel. Muchas lágrimas resbalaban en sus mejillas y la sensación de un nudo en la garganta, apaciguaba la expresión de dolor que lo acongojaba, 

La necesidad de probarse a si mismo, el sentirse rechazado y poco comprendido por sus padres, el orgullo (heredado de don Othón),  para no pedir ayuda e ir resolviendo en soledad los dramas de su vida, lo alejaron 8 años de sus seres queridos. 

A lo lejos se asomaba el parque de sus recuerdos con Oriana.
Mauro sonreía recordando esas tardes de ensueño. 
Nada habia cambiado aparentemente, salvo los dilemas consigo mismo. 

Y siguió caminando. 


                                               
 



No hay comentarios:

Publicar un comentario