Andén interior

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jueves, 29 de octubre de 2026

Oriana - Parte 4



Los recuerdos.

Nuevo día, y otro frío amanecer en San Nico de los Milagros.

Natalia, se levanta de la cama con su larga bata rosa con flores blancas, agarra su chalina lila y se la pone en la espalda. Abre lentamente la puerta de su cuarto, calzando sus zapatos negros cerrados con calcetas de lana oscura, así no se le congelan los pies.

¡Que frío se siente en el pasillo, válgame Dios pero esto es un congelador! - suspira y se abraza a si misma, frotándose los brazos. 

Natalia se asoma por la ventana del patio de servicio, al escuchar un ruido rítmico, fuerte y seco como de lámina. Gran sorpresa se lleva cuando ve a mitad del patio de servicio, varias cubetas tiradas, y mientras abre la puerta y sale a quitarlas, rumiando su enojo dice -¡Marcelo no deja nada acomodado! al rato que despierte le diré que deje las cosas donde van - y corre a la casa para secarse la lluvia que le dejó húmeda su ropa.

El reloj de la Iglesia con sus campanadas anuncia las 5 de la mañana, la oscuridad inunda el panorama, la neblina y lluvia acompañarán a los pobladores de San Nico. 

Es hora de comenzar la jornada diaria, así que Natalia se dirige a su lugar favorito. En la cocina, una olorosa olla con  café negro - tapada desde anoche - quedó encima de la estufa de leña. Y el pan fresco hecho en casa, envuelto con tela blanca para que no agarre humedad, aguarda en la barra de la cocina, lo mismo que la huevera con los hermosos huevos rojos de la granja.

Dentro del refrigerador blanco (Westing House), permanece la olla con leche de vaca y nata gruesa, que tanto les gusta a todos, y en el cajón de verduras: zanahorias, espinacas, elotes, ejotes y papas de la huerta.

Natalia decide preparar un desayuno a base de tostadas de pan con nata y azúcar; café negro caliente con leche o crema, y omelettes rellenos de verduras del huerto, con queso fresco gratinado encima.

!Espero todo quede apetecible! - piensa Natalia, mientras toma a sorbos una tacita de café caliente con canela y endulzado con un poco de panela, que le ha quitado el enojo y el frío de salir afuera.

Marcelo y Oriana continúan dormidos en sus recámaras, los despertadores sonarán a las 5:30 am para que se bañen, vistan y luego desayunen con su madre.  Y después correrán a lavarse los dientes, tomarán sus mochilas y saldrán al parque del pueblo, porque 6:30 am. pasa el camión que los llevará a San Rafael de las Montañas, donde estudian. 

La Escuela de Educación en Ciencias, Artes y Oficios, queda a media hora de San Nico. Oriana tiene 13 años y cursa el primer año de Educación Secundaria. Ha elegido Primeros Auxilios como opción extra, porque sueña con ser doctora y después estudiar cardiología, para tratar casos como el de su papá y que ninguna persona más se muera, ese pensamiento está siempre en su cabeza. 

Cuando Natalia habla con su hija, le ha dicho que cada ser humano tiene un tiempo de vida, y que por eso hay que vivir cada día con intensidad.  Que ella no puede soñar con ir rescatando a todos, porque es una labor imposible para un humano, y la vida es fugaz y la muerte a veces sorpresiva. 

Pero Oriana con su adolescencia llena de fantasías, quiere curar en cada ser humano que rescate, a su amado padre.

Marcelo cursa educación básica, y con sus 7 años lo que más disfruta son los deportes y lo que menos, estudiar en la escuela y mucho menos en su casa. 

Con el parque casi enfrente y los niños pateando balones a todas horas, y silbándole para que salga a jugar con ellos es imposible. Marcelo pasa las tardes suplicando salir a jugar, y ya por la noche hacer la tarea. Pero Natalia que es muy estricta, le ordena terminar la tarea, y luego salir a pelotear con sus amigos.

Desde la muerte de su padre Don Gonzalo por un infarto fulminante hace 3 años, el negocio familiar ubicado en las afueras del poblado, es conocido como "La Huerta-Granja de Zalo" y administrada ahora por Doña Natalia con ayuda de algunos trabajadores de confianza y otros eventuales en épocas de cosechas y recolección.

Gonzalo y Natalia se conocieron de pura casualidad en una tarde calurosa de abril, durante las fiestas patronales en San Nicolás de los Milagros, 

El encuentro de ambos fue circunstancial, Natalia quería comprar unos zapatos de tacón muñeca que estaban expuestos en la zapatería del pueblo, y su mamá la acompañó a ver los modelos que se exhibían a muy buen precio. 

Mientras tanto Gonzalo ya estaba dentro de la misma zapatería, probándose botas para empezar a trabajar en un rancho de cría de caballos.

Ambos no eran oriundos de ese lugar, pero ese día coincidieron. Y es que a veces el destino hace que dos se descubran, se asombren de encontrarse, se vean detenidamente y decidan sonreírse, sonrojarse, ponerse nerviosos, voltear a otro lado para disimular, en una especie de juego del gato y el ratón. 

Todo sucedió esa tarde y en pocos minutos.  

Ambos sentían que no podían dejar de verse y saber quién era el otro, 

La situación fue resuelta por pura coincidencia por la empleada del local, mientras mostraba a Natalia unos zapatos que no le habían gustado, y entonces le sugirió un modelo diferente colocado en el aparador. 

La mamá de Natalia dijo que ella esperaría sentada, porque sus pies estaban ya muy cansados.

Natalia se levantó y junto con la empleada del local, se dirigió a la vitrina de la entrada. Y allí para su sorpresa, encontró de frente a Gonzalo que iba ya de salida con la caja de sus botas amarrada con hilaza trenzada en rojo y blanco.  

Gonzalo sorprendido sonrío y aunque estaba un poco... o más bien bastante nervioso, se presentó como "Zalo del rancho Valle Olivo", y extendió su mano temblorosa para saludar a Natalia. 

Natalia sintió que todo le daba vueltas, con sus mejillas enrojecidas quemándole la cara, extendió su  mano y contestó: "Nati, de la calle centro en San Rafael de las Montañas"

La empleada tosió un poco, y alejándose dijo que sacaría del aparador los zapatos para que se los probara. Pero Nati... no escuchó nada, estaba en otra dimensión en los ojos de Gonzalo. 

Gonzalo se despidió y salió rápido del local.

Y así quedó sellado ese día. 

Lo que siguió, fue la búsqueda de  Zalo en el centro de San Rafael preguntando por Nati. 

Y Nati, esperando que con las pistas dadas... ¡apareciera!


miércoles, 9 de septiembre de 2026

Oriana - Parte 3

 Parte 3                                                   
 
                                                        
   Los caminos de Mauro

Un día tormentoso, lleno de emociones encontradas y un  clima otoñal impredecible. 

Mauro, con su cabello negro ensortijado y mantenido a raya, sus expresivos ojos cafés claros y su recién cortada barba, acaba de llegar al pueblo en pleno mediodía y en el autobús del lugar. No pasa desapercibido, con su estatura de 1.80 metros y su cuerpo esbelto.

El cielo de San Nicolás de los Milagros está negro y muy cargado, los vientos fuertes acompañados por relámpagos y truenos crean una orquesta estruendosa que anticipa intensa lluvia por la noche, según el reporte del meteorológico.

Mauro se hospedó en el Hotel del Parque, ubicado frente al Kiosco de tantos recuerdos juveniles. Su gabardina negra a la rodilla, cubre un suéter blanco de cuello alto y unos pantalones de pana gris con mocasines a juego.

Llegando a su hospedaje sube los escalones con su pequeña maleta, buscando la habitación 203 que le asignaron, con un gran ventanal al parque, tal y como lo pidió. El balcón lo invita a asomarse, a respirar el aire del pueblo pero lo deja para después, hay cosas más urgentes: hacer una llamada y dormir.

Marca en el teléfono fijo del cuarto, el número de sus padres que están por regresar de viaje, para avisarles con Marcia (la ayudante de su mamá), que estará a las ocho de la noche para cenar con ellos. Tomará una siesta, las 6 horas de camino sin pavimentar, con el zangoloteo del autobús a través de montañas nubosas lo han dejado apaleado. 

La casa color blanco de los padres de Mauro, con sus gruesas paredes y doble techo con tejas rojas es inconfundible en Nico de los milagros, como suelen llamar los lugareños a su comunidad.

Su pesado portón de madera oscura con estoperoles y flores grabadas, siempre hace ruido al abrir y cerrar, pero su madre dice que es mejor así, para saber quien llega y quien sale y no llevarse sustos.

La grácil manija dorada en forma de mano, fue regalo de su abuela, cansada de tener que gritar que estaba afuera y que le abrieran. Mauro, recostado en el sillón de su cuarto de hotel, ríe divertido con las ocurrencias de su familia. Y por fin se queda dormido.

En casa de sus padres, la limpieza continua con Marcia a la cabeza siguiendo las instrucciones de la patrona:  El vestíbulo beige, luce alumbrado por la tarde con los candiles de toda la vida recién limpiados y brillando como diamantes.

El  gran espejo de la entrada con su marco café oscuro grabado delicadamente, aparece reluciente y reflejando todo el cielo por lo pulido que está, Marcia se siente orgullosa de su trabajo,

Los muebles del recibidor en tonos claros, contrastan con el jarrón con flores multicolores de la mesa del centro, anticipando la alegría de recibir a una persona muy amada.

Marcia de 20 años, menudita, con sus lacios cabellos negros abajo del hombro y amarrados en un lazo rosa, zapatos negros de piso, un mandil blanco impecable y su vestido debajo de la rodilla en color rosa fuerte, ha terminado su jornada. 

- ¡Todo listo tal y como lo pidieron los patrones! -suspira tranquila. 
Se quita su mandil, peina su cabello y lo deja suelto. Son las 5 de la tarde, hora de descansar.

- Ya me voy doña Adriana - dice a su patrona que cocina apurada frente a la estufa llena de ollas y sartenes. Ya quedó la mesa puesta y todos los pendientes que me pidió.
 
- Que Dios te acompañe Marcia, guardaré comida para que la desayunes mañana. Ve con cuidado, no tarda en llover.

- Que rico huele lo que está cocinando señora, que termine pronto. Hasta mañana.
Los pasos rápidos de Marcia por el pasillo, se apagan al llegar al portón y abrirlo. El clásico chirrido anuncia que ha salido rumbo a su casa.

Por la noche, todo es felicidad en el corazón de doña Adriana, que ansia abrazar a su hijo y decirle lo mucho que lo ha extrañado. Revisa nuevamente el sabor de lo que cocinó para estar segura, sale a ver la mesa del comedor ya puesta por  cualquier imperfección en los cubiertos, el jarrón con flores o el mantel, y pasea por la entrada observando cuidadosamente que todo luzca sin polvo y brillante.

En cambio en el corazón y la mente de don Othón, hay remordimientos pensando en lo que habrá pasado Mauro, para vivir con sus  escasos recursos. Siempre apostó a que volvería en unos cuantos meses lleno de fracasos y arrepentido, pero no fue así.  

En ese tiempo transcurrido, Oriana les compartía algunas noticias de su hijo, no todo seguramente, pero al menos sabían de su vida y eso les permitía estar un poco más tranquilos viendo que era un guerrero aferrado a sus sueños. 

En el exterior de la casa, el viento, los truenos y la intensa lluvia ya están presentes. Son exactamente las 8 de la noche, el reloj del comedor lo marca con campanadas musicales. 

- CLAP, CLAP, CLAP - el sonido metálico de la manita del portón, anuncia la llegada del visitante más anhelado por muchos años.   

- Ya voy hijitoo, ya vooy - grita doña Adriana, caminando rápidamente con su vestido de flores abajo de la rodilla y sus pequeños zapatos negros de tacón muñeca sonando en el piso rústico.

Adriana abre el portón, escuchándose el chirrido típico de la puerta, y luego, ríos de lágrimas se derraman en su rostro, mientras con voz entrecortada repite:
- Maurooo, Mauritooo - y le da un abrazo eterno al recién llegado. 

Mauro, con voz grave y temblorosa dice varias veces:
- Mamá, mamita, mientras acaricia su blanco cabello amarrado en un chongo, le besa la frente y la estrecha por todos los 8 años que lleva lejos de ella.

A cierta distancia Don Othón se seca sus propias lágrimas, convencido de que un hombre siempre tiene que aparentar fuerza y fortaleza, aunque el corazón se le desmorone de amor por su único hijo. 

Mauro y Adriana se mantienen abrazados sin decir palabras.

El sonido de la tempestad se cuela por la puerta abierta, interrumpiendo el abrazo de madre e hijo que se sueltan y ríen, cerrando el pesado portón que emite su tradicional chirrido. 

- ¿Mauro y tu equipaje? - pregunta Adriana

-  Mamá no quiero darles molestias, me quedaré en el Hotel frente al parque. Tengo cosas que hacer, y mañana al mediodía regresaré a la ciudad. 

- Ay hijo quédate con nosotros hoy, tu recámara está lista, dame la ilusión de que todavía vives bajo nuestro techo. 

Don Othón respira profundamente para darse valor, y al fin se acerca con pasos lentos. Sus lentes cuadrados con armazón de madera, van a mitad de su nariz como siempre. Sus zapatos favoritos de gamuza negra también le acompañan en ese pausado caminar rumbo a su hijo. 

Y un recién estrenado suéter de lana gris, encima de su camisa blanca de manga larga, y su overol azul marino de faena en la finca, complementan el atuendo. Othón siempre luce ropa de trabajo, funciona  como su escudo ante el mundo dándole seguridad.

- Mauroooo, bienvenido a casa, que gran alegría nos das a tu madre y a mí - dice abriendo los brazos y extendiéndolos para alcanzar a su hijo.

Adriana se hace a un lado, y Mauro, que sólo adicionó su perfume favorito al vestuario con que llegó al pueblo, camina para abrazar a su padre. 

Un abrazo muy fuerte entre padre e hijo, que dura algunos minutos y son suficientes para celebrar su regreso. Dejan de abrazarse y ambos sonríen, su padre no puede evitar acariciarle la cabeza y revolverle el cabello mientras ambos ríen estrepitosamente.

- Papá, alborotas mis rizos y mira que son difíciles de aplacar - ríe Mauro, aplanando su pelo con ambas manos. 

La lluvia ha subido en intensidad, y caen truenos muy cerca del lugar, opacando con el ruido de las descargas eléctricas, las voces de la familia reunida alrededor de la gran mesa del comedor. 

En un  improvisado lenguaje de señas, doña Adriana pide pasarle los platos para servir la pasta verde hecha con espinacas, adornada con un queso de cabra desmoronado encima y crema fresca, preparada  para acompañar una deliciosa carne asada de cordero. 

Mientras, don Othón sirve el vino de la casa para que su hijo lo disfrute tanto como ellos.

El olor de la cena es delicioso, Mauro suspira, es su guiso favorito y receta de la abuela ya fallecida. 
Está feliz de que su madre lo haya preparado para recibirlo, un reencuentro anhelado por todos.

- Mauro - dice don Othón - ¿Y cómo te van las cosas en la ciudad? 
Si algo tengo que agradecer a Oriana y su familia, es la amabilidad que han tenido todos estos años con nosotros, al irnos informando como transcurría tu vida, hijo - y sin poderlo evitar, se le quiebra la voz.

- Han sido años muy difíciles para nosotros Mauro - interviene doña Adriana llorando fuertemente - alejados de ti, sin que tuviéramos la oportunidad de verte y reconciliarnos contigo, porque tenías razón en evitarnos.

- Papá, mamá, también fue un período de vida muy complicado para mi, pero fue parte de crecer, de  madurar y entender que tenía que lograr algo de lo que quería, para que valiera la pena tanto sacrificio.

- Cuéntanos Mauro, como transcurrieron estos años - suplica doña Adriana.
 
- Mamá, al inicio tuve el cobijo de una familia con la que empecé a trabajar en una tienda de víveres todos los días, repartiendo mercancías a cambio de comida y techo. Pero requería tener un pago, para juntar dinero y emprender mis sueños. 

- Ay hijito, si tan solo nos hubieras avisado...llora quedamente doña Adriana, seguro convencía a tu padre y todo hubiera sido más fácil para ti. 

- Mamá, no llores, no me fue tan mal. Un año después, un conocido de mis patrones (don Javier), me ofreció trabajo como su chofer, descansando fines de semana y con un pago que alcanzaba para cubrir mi cuarto, alimentos y tener un poco de ahorro. Y así fueron surgiendo las oportunidades.

- Hijo, estoy tan apenado contigo, pero tan orgulloso de ti porque supiste salir adelante - comenta con voz quebrada Don Othón.

- Papá, las oportunidades van llegando. Un día en un café donde entramos a cenar don Javier y yo,  tenían anunciado como variedad un artista llamado "Saltarin, saltaron" cuyo número estrella consistía en improvisar versos de acuerdo al nombre de las personas del público, y tocar su acordeón de una forma magistral para acompañar canciones que también iba improvisando. Eso fue fascinante, todos nos reímos y aplaudimos a rabiar.

- Que simpático nombre el del artista que viste - comenta doña Adriana, más tranquila.

- Si mamá, y lo mejor es que de su mano llegó una oportunidad. Don Javier decidió invitarlo a cenar en nuestra mesa. El nombre real de dicho artista es Samuel Leiteron, de ahí derivó su nombre ficticio. Nos contó que había estudiado música y composición, trabajado formalmente en una orquesta exitosa, pero después de un rompimiento amoroso caótico, decidió irse de su ciudad y viajar por el mundo. 

- ¡Vaya artista que conociste, alguien sin raíces! - comentó críticamente don Othón

- Papá, hay muchos estilos de vida y son respetables porque son una decisión personal y cada cual es dueño de su vida. 

- Si, si tienes razón hijo - concluyó don Othón

- Prosigo mi historia papá. Samuel Leiteron, después de cenar con nosotros y antes de despedirse muy agradecido,  me dejó una tarjeta un poco ajada, con el nombre de un buen amigo suyo, que vivía en la ciudad donde yo estaba. Ya le había contado mis sueños, y los casi 2 años buscando una oportunidad. 

Samuel escribió una dirección y  unas palabras de presentación y me dijo:
- ¡Tienes suerte hijo, hoy estoy de buenas y te doy el pasaporte a tus sueños, ya verás!

Y se retiró, dándome una palmada en la espalda, como muestra de confianza y buena suerte. 

Mauro miró el reloj del comedor donde se encontraban sentados, y asombrado comentó: 

- !Padres míos, es la una de la mañana! el tiempo se ha ido volando. Estoy agotado, han sido muchas horas de camino y demasiadas emociones en este reencuentro, así que me gustaría poder descansar. Prometo que mañana temprano vendré a despedirme - dijo Mauro

- Doña Adriana, con lágrimas en los ojos - lo abrazó y le pidió que les perdonara su soberbia y orgullo.

- Don Othón, se acercó a su hijo, le sobó la cabeza - y comentó  que entendía no se pudieran borrar los desacuerdos profundos en una cena, pero que agradecía la oportunidad de verlo.

Mauro se levantó de su silla, sonrió y les dijo 
- "Iremos poco a poco reconstruyendo nuestra relación, lo prometo" 

Sus padres acompañaron a Mauro a la puerta, sonrío al verlos juntos y cerró la gruesa puerta que rechinó como siempre.

La noche era tranquila, ni un ruido en las calles empedradas de San Nico de los milagros. 
La lluvia desapareció, el olor a petricor llenaba el ambiente, mientras Mauro caminaba  lentamente disfrutando su paseo nocturno. Algunas casas aún tenían luces encendidas, ladridos de perros se escuchaban a lo lejos. 

Mauro, iba reflexionando mientras se dirigía a su hotel. Muchas lágrimas resbalaban en sus mejillas y la sensación de un nudo en la garganta, apaciguaba la expresión de dolor que lo acongojaba, 

La necesidad de probarse a si mismo, el sentirse rechazado y poco comprendido por sus padres, el orgullo (heredado de don Othón),  para no pedir ayuda e ir resolviendo en soledad los dramas de su vida, lo alejaron 8 años de sus seres queridos. 

A lo lejos se asomaba el parque de sus recuerdos con Oriana.
Mauro sonreía recordando esas tardes de ensueño. 
Nada habia cambiado aparentemente, salvo los dilemas consigo mismo. 

Y siguió caminando. 


                                               
 



domingo, 6 de septiembre de 2026

Oriana - Parte 2



                              


        

Parte 2

                                                                   Del vivir

Oriana nos aguarda en el vestidor.

Ha repasado de su guardarropa todo: faldas, vestidos, blusas, pantalones, sacos, chamarras, abrigos, capas,  buscando aquel traje sastre que guardó en un compartimiento que ahora no recuerda.

Su inconsciente está bloqueando los recuerdos de hace 14 años.

Esa tarde de hace mucho tiempo,  una tempestad inundaba las principales avenidas de la ciudad y al asomarse desde su 5o. piso, Oriana decidió salir forrada con su impermeable blanco con capucha, recogerse su cabello en un chongo, ponerse las  botas negras a la rodilla y sobre todo, decidió no manejar ese día viendo los carros parados en la avenida.

Caminar, eso era lo más recomendable después de 36 horas en vela, trataría de ir pendiente de los desniveles en las banquetas y de las coladeras abiertas o faltantes.

- Esto es un reto, pero llegaré a tiempo - pensó para si misma al cerrar su puerta y subir al elevador.

Afuera en la acera, junto a ella o en contrasentido pasaban las personas sorprendidas por la tormenta,  caminando aprisa con sus impermeables y sus paraguas volteados por el fuerte viento que corría.

Otros transeúntes, peleaban con las bolsas nuevas de basura que les cubrían el cuerpo, como improvisados impermeables. Cada quién inventaba sus vestuarios de protección con mucha creatividad,  - sonrío Oriana - viéndose a sí misma con el agua cubriéndole la cara en una capa gruesa que le impedía ver. 

En la avenida, varios autos estaban ya detenidos con los motores sin funcionar y las intermitentes puestas, al haberse arriesgado a cruzar la fuerte corriente. Las ventanas abiertas mostraban personas desesperadas por salir de ahí, mientras el diluvio tapaba las llantas de sus carros en su totalidad. 

Las banquetas apenas se distinguían entre los ríos y las corrientes de las calles, y en las avenidas que tenían cierto desnivel, la fuerza del agua se incrementaba y jalaba a todo aquel que intentara cruzar.

Oriana atravesó con esfuerzo la avenida cercana al Hospital. Aunque la tempestad amainaba, en sus botas sentía una fuerza que la empujaba hacia atrás cada vez que daba un paso. Iba contra reloj esquivando tapas de drenajes, y la basura que flotaba como adorno en las coladeras, haciendo de la ciudad una gran alberca.

Caminando a tientas con sus botas, logró subirse a la acera y suspiró por llegar a su destino.  Se detuvo en el techo del edificio, y procedió a limpiarse el agua de la cara, cabello y manos. Era como haber estado en una regadera a toda presión. Antes de ingresar al Hospital se quitó el impermeable, sacudiéndole el exceso de agua, para doblarlo lo mejor posible en su bolsa de empaque.

Empujó la puerta de grueso cristal grabado con las iniciales HISU (Hospital Internacional de Servicios de Urgencias), y caminó rápidamente por el pasillo que llevaba a la Unidad de Cuidados Intensivos. Una asistente médica le dio encuentro, tomando la bolsa con el impermeable y entregándole una bata y unos zapatos blancos. 

Oriana entró rápido a su consultorio al final del pasillo para vestirse. 

Al salir e irse poniendo la mascarilla y los guantes de hule, preguntó: ¿Cómo va todo Nancy? pude dormir unas 3 horas y me siento mejor.

- Doctora, ya tiene el reporte en el cuarto de su mamá, la están esperando para decidir.

-  Gracias, ya voy - contestó.

Caminó al final del pasillo, dio vuelta a mano derecha buscando la habitación, y secó sus lágrimas de tristeza, respiró profundamente esbozando una ligera sonrisa al empujar la puerta blanca entreabierta.

- ¿Cómo se encuentra la reina de mi vida? - Exclamó nada más entrar y ver a su madre dormida.

Oriana revisó el reporte médico puesto en la mesita de noche y movió su cabeza de un lado a otro.  Checó el monitor y el respirador. Todo controlado hasta ahora. Lo mismo su medicación y sonda.

Natalia (su madre) dormía profundamente después del susto que le hizo pasar el día anterior. ¡Menos mal que era su día de descanso y estaba con ella! - pensó Oriana.

La ambulancia llegó muy rápido, por la cercanía al lugar, luego los acontecimientos fueron muy apresurados para estabilizar el corazón. No era  la primera vez que sucedía, eso era lo preocupante. Los estudios estarían ya en camino para decidir que hacer - concluyó,

Oriana tomó la mano de su madre, la acarició y le dijo con voz suave: 

- Mamá sé que cuando me ves, siempre dices que he olvidado vivir mi vida, no lo sé la verdad porque amo lo que hago. Veo la vida como un lugar donde uno tiene que ser feliz con lo que hace, y disfrutar el hoy porque del mañana nunca se sabe. 

Natalia suspiró profundamente, como si hubiera escuchado a su hija (y quizás si, porque el sentido del oído es el último que se pierde), y le apretó ligeramente la mano. 

- Oriana, sonrió por la reacción repentina de su mamá y le dijo: parece ser que escuchaste que no voy a cambiar mamá, no te preocupes por mi, soy feliz. Te amo.

Le dio un beso en la frente, y se despidió al ver llegar a las enfermeras a su habitación.

Cerró la puerta, caminó con paso lento y muy reflexivo rumbo a la sala de juntas, había que decidir.

viernes, 14 de agosto de 2026

Oriana - Parte 1


                                                                        

Parte 1 

                                                     Las tardes en el kiosco.

El reloj de Oriana luce resplandeciente en su caja negra, con interior de terciopelo en el mismo tono.

- Será un complemento perfecto - piensa, y luego suspira

En su vestidor, titubea buscando su traje sastre gris con delgadas rayas blancas que llevaba aquella tarde de diluvios interminables y despedidas dolorosas.

Los recuerdos se agolpan en su cabeza hasta taladrarle, sin darle respiro.

Cuando toma su reloj Cartier de oro y acero, sus dedos tiemblan de frío, como si estuvieran dentro de un trozo de hielo. Mauro después de tantísimos años...casi 20 quizás.

El tiempo desparece, y Oriana revive la película donde ella es la protagonista con 16 años de edad.

En ese entonces, Mauro de 17 siempre tan introvertido, aparecía algunas tardes sin avisar frente al portón de su casa.

Nunca tocaba la puerta, tan solo se sentaba en la banqueta con su grabadora en mano, y aguardaba que ella se asomara y se diera cuenta, o tal vez echaba a la suerte que alguien entrara a casa de Oriana y le dijera que su amigo estaba esperando afuera, pero muchas otras veces nadie lo vio y él se retiraba  caminando por el callejón del frente, volteando de cuando en cuando.

- Mauro era tan diferente a los demás muchachos que conoció - reflexiona Oriana - quizás demasiado tímido.

Cuando lograban coincidir en esas tardes frente al portón, se dirigían al parque y se sentaban en los escalones del kiosco que presidía el lugar,

Mauro colocaba su grabadora un escalón arriba de ellos, y ponía con volumen bajito un poco de música  para ambientar la historia de ese día.

Oriana, sonríe ahora - recordando la escena.

Mauro era siempre muy ceremonioso, como si actuara para todo un auditorio y sólo estaba ella, que se acomodaba en la escalera del kiosco poniendo sus manos en su regazo, para escuchar atenta a su extraño amigo.

La función iniciaba con Mauro mirándola fijamente, y entonces sus manos cobraban vida moviéndose como palomas, para contarle una historia que trajera en su cabeza o surgiera en ese mismo instante. Los diálogos de los personajes que intervenían, tenían voces diversas para identificarlos, podían ser graves, delgadas, quedas, fuertes, explosivas o dramáticas, según lo marcara el momento o la secuencia de esa historia.

En algún punto, Mauro hacía pausas para preguntarle: 

- ¿Crees que la música sea la que requiere esta historia? es que pienso que faltan algunos tonos para crear otra atmósfera. 

Oriana, con cierto nerviosismo por expresar su opinión, solía contestarle: 

- ¡Mauro, a mi me gusta como está quedando! pero mejor decide tú, que eres el artista y confía en los sonidos que escuchas.

Pero las tardes en el parque no eran eternas, el punto final lo marcaba el pequeño Marcelo de 10 años (hermano de Oriana), que  gritaba una cuadra antes, como si trajera integrada una bocina en sus  pulmones:

- ¡Orianaaaaa son las 6 de la tarde! mamá quiere que la acompañes por las compras.

En segundos, Oriana brincaba del escalón donde estuvo sentada, y decía rápidamente a su amigo:

- ¡El permiso se terminó Mauro!, seguimos otra tarde y le daba un beso en la mejilla antes de retirarse rumbo a su casa.

Mauro asentía con la cabeza, y saludaba a lo lejos a Marcelo. Luego tomaba su grabadora y giraba en dirección contraria a la calle de Oriana, para dirigirse a su propia casa sin mucho ánimo de llegar, por cierto.

Mientras Oriana y su hermano corrían por un callejón empinado, Mauro se imaginaba lejos del poblado, dando vida a todos los personajes que guardaba en su mente, y tarareaba también la música de fondo que los acompañaría.

Ya había hablado del tema con sus padres, vivir en una ciudad donde pudiera estudiar artes.

En su cabeza sonaban melodías cada vez que lo pensaba, y veía a sus personajes cobrando vida ante sus ojos, trayendo consigo una especie de esperanza que tanta falta le hacía.

- ¿Música y actuación Mauro eso quieres? - exclamó su padre, poniendo sus ojos desorbitados y ambas manos en su calva. ¡No puede ser que quieras andar a la deriva como teatrero!  Con tus fantasías no llegarás a nada. 

El sermón continuaba con algo así:  "el campo y la tierra te dan seguridad cuando los cuidas, comida a la mesa, alimentos para vender y ganancias como recompensa a tus esfuerzos. Así hemos vivido y progresado Mauro, con realidades y no las fantasías esas que cargas en la cabeza. Ser artista es una fantasía del cine, se esfuma cuando prenden las luces,  y no da de comer"

Mauro escuchaba agachado, sin decir palabra alguna. 

Su madre los veía desde la cocina, y asentía con su cabeza dándole la razón a su esposo. 

Entonces, Mauro se retiraba diciendo que estaba cansado y no comería. Desapareciendo por el pasillo, para  refugiarse en su cuarto sumamente contrariado.

Llegando a su habitación, abría la ventana para respirar profundamente, y luego tomaba alguno de sus libros, sentándose en su cama y lo hojeaba sobre las piernas, sin fijarse en nada en particular, tan solo para tranquilizarse y terminar de asimilar lo que deseaba hacer en la vida, en su vida. 

Una vez tranquilo, regresaba a los ensueños de la ciudad donde estudiaría con aprobación o sin ella.




domingo, 9 de agosto de 2026

Seis y Dos

 



Nati brinca de un lado a otro, con pequeños pasos de 1 en 1, de 2 en 2, y va cantando aquella ronda infantil de 2 y 2 son 4, 4 y 2 son 6. 

Sonia, su mamá la observa a corta distancia, y le indica con las manos que regrese adonde ella está, le señala el reloj de su muñeca varias veces, con cierta ansiedad.

¡Que tarde tan divertida ha pasado Natalia! se nota en sus cabellos enredados por el viento y apenas sujetos por su listón rosa, la cara sonriente y polvorienta con harina del pambazo que va comiendo.

¡Esto si me gusta mamá! - grita Nati y enseña el pambazo que lleva en su mano derecha.

El tiempo pasa rápido, ella va brincando lentamente por el parque concentrada en si 2 y 2 son 4, en eso se detiene y busca a lo lejos a Sonia:

¡Mamá cuanto son 6 y 2, que no me acuerdo! - Grita Nati

¡Son 8! ¡Por favor, corre que se hace tarde y esta por llover! - Contesta la mamá.

Sonia busca con la mirada un lugar donde guarecerse, han empezado a caer gotas enormes. Muy tarde se dio cuenta que olvidó el paraguas y parece por la negrura de las nubes, que ni corriendo evitarán que la lluvia las moje. 

Quizás sea un chubasco repentino, el cielo estaba despejado hace unos minutos y de color azul brillante. Es una tarde veraniega difícil de descifrar, primero corrió un poco de viento en lo que Nati se columpiaba en el área de juegos. 

Sonia se quedó sentada en una mesita del parque viendo a su hija correr, saltar, cantar, gritar, contar. Compró 2 jugos y 2 pambazos, para ella y su hija, entreteniendo al hambre en lo que llegan a casa.

Nati es una niña alta para los 5 años que acaba de cumplir, siempre sonriente y con sobre carga de energía, de ahí que se haya hecho costumbre pasar al parquecito, antes de llegar a casa.

- Mami, ya llegué - dice Nati y le da la mano a su mamá.

- Agárrame fuerte Natalia, vamos a correr hasta la estructura que está en medio. No traigo paraguas, pero nos da tiempo de llegar allí y no mojarnos.

Empieza la carrera, mientras gotas enormes caen con intensidad al piso del parque, el viento ha regresado en la tarde veraniega. 

Más gente se une a la graciosa huida, zapatos golpeando charcos y salpicando pantalones, calcetas y pantorrillas. Es una mezcla de ambiente caluroso y frescor en la cabeza, la cara, la espalda, los brazos y las piernas cuando el agua va escurriéndose.

Por fin guarecidas y empapadas, cabellos chorreando, zapatos hinchados de agua, ropa mojada y pesada de lluvia, Sonia mira a Natalia y ambas ríen a carcajadas.

- Nena,  dame la mano y vamos a seguir caminando, falta 1 cuadra para casa. No tiene caso seguir aquí todas empapadas.

- ¡Quiero más tardes así mami! - contesta Nati - y vuelve a preguntar: ¿6 y 2 son 8 verdad? 


martes, 4 de agosto de 2026

Por breves instantes


Soy docente universitaria.

Antes tuve otros muchos papeles que desempeñar, pero dar clases es lo que soñé desde niña. Un pizarrón y enseñar en un salón de clases era mi sueño principal.

Así que intempestivamente perder la voz, fue algo que me dejó en shock.

¿Cómo comunicarme con mis alumnos y con todo mundo?

Mi inconsciente quería descansar de cascadas de frases y palabras significativas dichas para otros.

Ahora la vida decía que tenía que conectar conmigo misma.

Forzadamente, tuve que tomar un receso de 6 meses para recuperarme del desgaste en las cuerdas vocales, que me obligaron a estar en silencio y tomar medicamentos, para posteriormente entrenar mis cuerdas vocales y no lastimarme nuevamente.

Seis meses eran una eternidad, en mi medición subjetiva del tiempo y la desesperación de guardar silencio. Buscando en que ocuparme, me inscribí en un curso de lenguaje de señas que deseaba tomar desde tiempo atrás, porque educación especial es un área que adoro trabajar. 

Lo que no sabía, es que mi curso me llevaría a conectar con mi infancia.

Una vez inscrita, me enviaron mi horario de clases, número de grupo y nombre del docente asignado, más la clave para conectarse a la plataforma. 

El primer día sintiéndome muy emocionada, me conecté desde mi computadora. Las actividades iniciales sirvieron para conocer a la docente y los alumnos. Luego vino la explicación de como se trabajaría, las actividades que realizaríamos en la plataforma o en casa.

Para iniciar la clase, una pregunta me regresó a la infancia en 2 segundos:

Docente: "Tienen ya su manual" 

Alumnos (menos yo): Si

Mi cara de sorpresa quedó grabada en la sesión, junto con mi pregunta de  ¿Cuál manual? escrita en el chat grupal.

Docente: "¿Revisaste el mensaje que les enviaron?

¿Mensaje? (busco mi celular, con los mensajes desconocidos que no leo).


Regresión a mi niñez:

*¿De qué habla la maestra Ofelia? (¡Cuántas desventuras pasé con ella!)

* ¿Tarea? (¿Cuál de todas las que deja?)

- ¡Quedas sin recreo y escribirás frases para que no lo vuelvas a olvidar!

* Ese era el precio de la libertad de evitar las tareas. En realidad tomaba clases vespertinas de piano (que amaba), danza y pintura (esas más o menos) 

Y así instalada en mi niñez, rememoré que también quise estudiar música, y luego estar en alguna banda que explorará con jazz, blues, rock. 

Al salir de bachillerato, terminé optando por mi segunda opción: Psicología...pero la música se quedó metida en mi alma, porque ameniza mi vida todos los días.

 





Años después




Me gustan los días donde puedes permanecer inmóvil viendo lo que se te ocurra, sin tener que explicar nada, tan solo mirar y disfrutar de la calma que experimentas.

Son mis mejores días, y hoy es uno de ellos.

Anoche soñé, no recuerdo y tampoco me importa.

La paz de abrir los ojos y agradecer es inigualable. 

Un día nublado por momentos. 

Minutos después soleado, y con el viento  arrastrando las hojas del jardín.

Y luego, un remolino doblando las ramas de los árboles que apenas pueden mantenerse erguidos. 

¿Qué más puedo pedir y desear? 

La experiencia de despertar para ver la realidad con menos velos.

De respirar profundamente y sentirme  libre de ir y venir adentro o afuera mío

A eso lo llamo vivir con más lucidez.

Y lo agradezco...años después de muchas búsquedas, al fin entiendo esta  experiencia.