Andén interior

Andén interior

domingo, 26 de diciembre de 2010

Antonieta




Antonieta


Algún secreto abrigas ya, tú que eras nuestro espejo cristalino.

La sonrisa más bella que jamás haya visto en rostro alguno,
brillaba como estrella en tí.  

Tú alegría contagiosa, las ocurrencias más originales, las risas como cascadas, las largas pláticas en las madrugadas veraniegas, mientras yo leía tu libro de Demián, y tú resolvías los intrincados secretos de las venas y las arterias del universo humano.

Antonieta con sus largos cabellos negros y brillantes, todos llenitos de florecillas rojas, que cortábamos en los caminos cercanos a tu casa.

El minino ronroneando a tu lado, esquivo a mis llamados y con esa libertad de la que hacías gala, declarándote seguidora suya.

La jaula de canarios al final del pasillo, y mi curiosidad constante en sus nidos y crías. 

La música surgiendo siempre, los cantos juntas, las noches calurosas meciéndonos en las hamacas mientras inventábamos nuevas letras.

El 24 de diciembre es un bello día para decirnos adiós, querida prima.  Bien decías, un día especial para iniciar la vida y otro muy significativo para decirnos adiós. Recorrí por vez última el camino a tu casa, mis lágrimas no son suficientes entre tantos recuerdos agolpados en mi mente, y abrigados en mi alma.

Algún secreto abrigas ya, tú que eras nuestro espejo cristalino. Lo he cubierto de florecillas rojas, como te hubiera gustado siempre.



lunes, 6 de septiembre de 2010

Tiempo

Tiempo.



Algunas veces cuando duermes,
no ves que a tus pies me desvelo,
con cada latido de tu corazón,
y en tu sofocada respiración de invierno.

Cuando me desborda el cansancio en esos días,
y me descubres agotada en demasía,
no creas que abandono por instantes,
mi puesto a tu lado niña mía.

En las épocas de paz y cielos transparentes,
y de prolongadas ausencias hospitalarias,
dices cuando me disgusto,
que soy injusta al ser tan dura,
por exigir de quien se esfuerza tanto.

Pero la persistencia en tus sueños,
y el no darte por vencida de luchar en esta vida,
hoy a pesar tuyo, reafirmo y te enseño.

Creciste junto a mis árboles y mis plantas,
el jardín de la casa siempre fué todo tuyo.
 
Descubriste sus veredas jugando en cada rincón,
trepaste en el árbol florido o en el árbol desgajado,
y construíste esos castillos infranqueables al paso,
con el lodo de todas las lluvias en Fortín.

Pisaste los charcos y las tierras anegadas a la vista,
mientras saltabas riendo, cuando ensuciabas todas tus ropas,
y corrías alegremente para inventar una más de tus travesuras.

Destejiste tus largos cabellos en el viento fuerte,
que rondaba el jardín agitando los ramajes,
y trajiste a las muñecas de tus juegos,
persiguiendo las fantasías de tus cuentos infantiles.

Y sin que pudiera evitarlo,
lloraste…cuando llegó tu tiempo.

Dices que me amas,
y eso me transforma la existencia,
arropas mi corazón con frases de dulzura,
y voces de eterno amor.

En otras tantas, sé que me aborreces,
y en esos instantes me partes el alma,
pero si te desvías (y te lo digo siempre),
sabes que lucharé y te regresaré a la vida.

Llegado el día cuando la luna desaparezca en el horizonte,
mientras el viento toca insistentemente mi puerta,
sérá el momento de nuestra despedida.

Sonreirás buscando el sol resplandeciente,
y seguirás tus sueños desbordantes,
tejiendo y soñando con tu vida independiente.

jueves, 2 de septiembre de 2010

En el vacío...



Desde un silencio que ninguna atmósfera logra quebrar, por tal lugar de materia y antimateria, en el que la luz y la oscuridad se confunden y los planos no admiten matices, pasando por los muchos mundos en extinción o en conformación, y donde los gases que anticipan la creación, generan vidas rudimentarias en evolución a cada instante.

Adentrándonos en las nuevas combinaciones de oxígeno e hidrógeno, estamos arribando ahora a las zonas nubosas más remotas, ya sea que las nubes sean estiradas, sean tenues, sean espesas o aborregadas, pero todas absolutamente todas, son contenedoras simultáneas de las aguas pacíficas y también de los rayos pulverizadores del sol quemante que las preside.

Dispensadoras todas ellas de la fertilidad en la tierra y también de la destrucción de la vida, porque en exceso causan la muerte, todo tiene que ser en su justo equilibrio, esa es la existencia.

Descendiendo todavía más vertiginosamente, llegamos hasta un grupo de edificios que rodean el panorama citadino, primero están las edificaciones de acero y aluminio con grandes cúpulas y enormes ventanales de cristal opaco, con luces brillantes de día y noche, esas construcciones que nos recuerdan el estatus de quienes los habitan y la última tecnología en boga.

Luego continuamos descendiendo y pasamos por las terrazas que rodean a estas enormes edificaciones, construcciones más pequeñas y modestas, sin tantos lujos, y donde cuelgan en cordones exteriores muchas vestimentas multicolores, y donde se broncean las pieles desnudas o a medias de algunos hombres y de algunas mujeres, que ataviados con lentes para el sol, tumbados en poltronas y huntados con sus bronceadores líquidos, nos anuncian que el verano ha llegado.

Atravesando después los techos, todos y cada uno de ellos, bajando de piso en piso, de habitación en habitación, encontramos a éste comiendo y mirando la televisión, hallamos a aquella rompiendo una hoja llena de garabatos, descubrimos a aquél otro dormitando en su sillón favorito, y a aquella otra bebiendo agua sin parar, ¡es que el calor es sofocante!.

Por último, arribando a la habitación que nos ocupa, tenemos en un primer plano la visión de un ropero, y junto a él una cama con las sábanas blancas completamente desordenadas, luego una mesa de madera oscura y muy pequeña, muy gastada por el uso, encima muchos papeles desordenados puntillosamente y completando la decoración, una pequeña lámpara de luz encendida en pleno día.

Un pedazo de papel blanco y arrugado yace tirado en el piso, acercándonos y observándolo cuidadosamente, se percibe que está redactado con letras muy apresuradas. El tiempo se agotaba en la desesperación, en la angustia, y los trazos parecen desbordarse pidiendo ser escuchados de una vez y para siempre.

Con algo de esfuerzo puede leerse en el papel las palabras soledad, temor, dolor, renuncia. Luego también en el piso, una colcha que envuelve un cuerpo. Si continuamos esta visión, el cuerpo se encuentra extendido y laxo y teñido de su propia sangre y luego un revólver…el revólver está acallado en la mano.

La quietud, la negritud es el panorama de la habitación. Todo queda más allá de las ingratitudes, de las esperanzas y de todas las posibilidades de infelicidad, y hasta aquí el silencio es.

Que ninguna de las atmósferas del ruido externo logra quebrarlo ya.

Inexorable


Inexorable,
 
el beso clandestino,
de tus labios me condena,
dueños de una sonrisa amorosa y resplandeciente.

Eres la frase impronunciable,
la palabra no dicha y jamás pensada,
eres cada ligadura de las vocales y las consonantes,
de tu nombre.
 
Aguardo las noches vertidas en lunas llenas,
que se tocan con los dedos de una mano,
imaginando que miramos el mismo cielo en la misma hora,
buenos días para ti amor, hasta que volvamos a encontrarnos,
así no te extraño...

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Lo que no importa.

La cámara de video exhibe su diminuto ojo rojo, cables embrollados y un zumbido electrónico hacen evidente su presencia. Montada sobre un tripié formando un triángulo la veo al fondo del cuarto.
-¿Te gusta posar desnuda verdad zorra? 


Oí la pregunta del hombre del pantalón descolorido, que se incorpora del sofá donde había permanecido fumando incesante todo este tiempo. Escuché su pregunta como a lo lejos. El hombre vuelve a decirme - con su voz fría y metálica - "Te haré gritar hasta morir, y lo disfrutaremos" además de otras cosas que ya no importan en este instante.

Lo que es significativo, es el recuerdo de mi madre recibiéndome en casa por las tardes, al regreso de la maquiladora. Recordarla sonriente, es un gran placer para mí. Lo que ahora cuenta - y esta vez lo repito con los ojos cerrados, pues no quiero ver el rostro amenazante del hombre del pantalón desteñido - son todos mis dulces recuerdos. 

Miro y vuelvo a evadirme en mis pensamientos. El hombre está todavía encima mío y sus asquerosas manos manchan mi cuerpo; rodea mi cuello aprisionándolo con su cuerda de plástico amarillo, mientras me grita obscenidades. No lloro.

Dicen que toda la vida desfila en el último momento y ahora lo compruebo.  Estoy en uno de esos domingos tuyos y míos, tomados de la mano caminando hacia ninguna parte, cuando se pone dorada la tarde.

Es una memoria diáfana, con los ojos bien cerrados. Me imagino reflejada en tus ojos, en tus hermosos ojos color miel.

El hombre me mantiene amarrada, amordazada y mis gritos se van apagando, la soga se entierra a mi cuello, sigue grabando con su cámara del fondo del cuarto. No va a cesar hasta que esto termine. Ríe a carcajadas, grita en éxtasis, disfruta de mi dolor.
Al fin hay calma.

Hoy 
mis ojos fijos y sin luz ya no se miran en los tuyos,
mi cuerpo (tirado en cualquier lugar)
una más dirán
aquí no pasa nada.

Doña Ernestina




Días de muertos 1 y 2 de noviembre, una tradición milenaria, altares por doquier, un festejo a la continuidad de la vida en el más allá...

Doña Ernestina.
Si de algo me acuerdo y le agradezco a la vida, es la influencia que esta señora tuvo en mi pasado.

Conocedora de la vida misma, con esa experiencia que dan las vivencias fuertes, y los años de lecciones perdurables, es que el destino llevó a Ernestina a trabajar a mi casa. Durante mucho tiempo fué mi maestra y su sabiduría me impregnó como persona.

Yo no tenía la menor idea, de lo que aquella mujer menudita, de largos cabellos negros y cintura breve, con una amplia sonrisa a la menor provocación, y con unos ojos tan pequeñitos difíciles de estar quietos, llevaba dentro de sí, y todas las vivencias que compartiríamos en esos años estupendos.

De rápido caminar, incansable a pesar de su edad y fuertes cantos a todas horas (la casa silenciosa se llenaba con su voz, ¡conocía todas las canciones de amor y desamor!), es que yo solía decirle, que era como tener un ruiseñor en la casa, cuando la escuchaba en las mañanas "entonando" como ella decía.

Mi inexperiencia chocaba con el muro de su serenidad y de su infinita sabiduría. Con ella los algodones de mis crianzas familiares se quedaron atrás, y quedé expuesta a sus enseñanzas de vida y maduré a través de sus dichos, de sus frases, de sus observaciones, de sus comentarios y entendí situaciones que eran tan evidentes en mi vida, y que sólo escapaban de mi vista y de mi mente por mi inmadurez.

Hay un hecho que recuerdo bien y que llega a mi memoria, muy a propósito de estas fechas: El día de muertos.

A fines de un octubre de hace algunos años, Ernestina me dijo que posiblemente dejaría de celebrar a los muertos (sus muertos), como lo había hecho a lo largo de toda su vida, desde que tenía memoria, colocando todos los 30 de octubre la ofrenda de los difuntos.

Se había hartado del trabajo de poner un altar lleno de alimentos para los muertos, con guisos complicados y al gusto de todos ellos.  Estaba cansada de adornarlo con docenas de flores de cempasúchitl, que puestas en floreros y deshojadas en todos los niveles del altar, en ese color naranja brillante que se percibía a distancia, engalanaba la vista de la ofrenda.

Estaba aburrida de picar (recortar), el papel china multicolor, con las figuras que se acostumbran: las calaveras, los nombres de los difuntos y luego distribuirlas como olanes multicolores por todo el altar.  Además, no tenía dinero para comprar las calaveras de azúcar con los nombres de sus muertos, ni las velas, ni los inciensos y las veladoras que se ponen a cada corta distancia en cada nivel del altar.


Estaba también agotada, para enmarcar las fotos de sus difuntos y de buscar los objetos personales que más disfrutaban y de comprar las bebidas que acostumbraban tomar en vida: el café, el té, el vino, la cerveza.  ¿Para que hacerlo si ellos nunca regresarían, ni verían su esfuerzo por atenderlos?

Algunos días después de esta confesión (entre dolorosa y llena de dudas), llegó Ernestina a trabajar a mi casa. Esa mañana la recuerdo muy silenciosa y con una cara bastante preocupada. Al ir bajando las escaleras de casa, para dirigirme al trabajo, recuerdo haberle dicho:
- ¿Y los cantos?. ¡Es que pensé que no había llegado todavía!.
- ¡Que va señora!...es que "horitita" no cavilo entender. Y eso desde ayer, cuando mis sobrinos fueron a la casa.

(Cuando una conversación tomaba este rumbo: "Es que 'horitita' no cavilo entender"...era indicativo de sentarme a conversar con ella). Ese día miré mi reloj, y podía tomarme unos minutos para escucharla.
- ¡A ver Ernestina cuénteme que le pasa!

Me senté en los escalones de mi casa, y ella hizo lo propio también, se sentó a mi lado, y se inicio un relato parecido a este...
- Ayer mis sobrinos, esos que tienen 5 años y son gemelitos ¿Se acuerda?
- ¡Ah! si claro que me acuerdo, los hijos de Juana ¿Les pasó algo?
- Pues es que llegaron con su mamá a esperarme a mi casa, y en eso estaban, cuando llegó un señor grande de edad, con cabellos blancos y un sombrerito.

Vestido con una camisa de manga larga en color blanco y un pantalón negro. Con zapatos negros. La voz muy pausada y suave...y les preguntó por mí.
- ¿Y le dijeron a su mamá que había alguien en la puerta?.(Pregunté)
- Pues no, es que su mamá estaba en el patio arreglando mis plantas, y ellos pensaron que era yo que llegaba y sin más abrieron la puerta.
- ¡Vaya!, que peligro que hayan abierto a un desconocido.
- ¡No que va!, es algo más, figúrese que ese señor les dejó éste recado para mí: "Estoy muy triste porque este año no te acordarás de mí"
- ¿Y eso Ernestina? ¿Pues quién era? (Yo estaba muy intrigada).
- Cuando llegué y los chamacos me lo dijeron, Juana se sorprendió también y los regañó por no decirle antes a ella, y además por abrirle a un desconocido.

Luego ya que se calmó su mamá, les pregunté por el nombre de la persona y como no le preguntaron, es que los dos lo describieron muy detalladamente, así como le cuento.  Y entonces que corro a mi cuarto, y que busco la caja esa que usted le dice "la de los tesoros"  ¿Se acuerda de la caja de cartón de mi ropero?
- Jajaja ¡sí claro que sí Ernestina!, su caja de fotos familiares.
- Es que ya ve que no me gusta mostrarlas, son sólo para mí, y los niños nunca las habían visto, máxime cuando apenas llegaron a vivir aquí. Y Juana no tiene ninguna foto tampoco. ¡Y entonces que saco algunas fotos y que se las enseño!
- ¿Por qué las fotos? ¿Qué sucedió Ernestina?
- Pues es que la vestimenta que me describieron, era la misma que llevaba mi padre cuando falleció hace muchos años, y allí me entró la duda...y por eso saqué las fotos.
- ¡Ah!, ¿Y los niños que dijeron de las fotos? ¿Las vieron?
- Pues sí, ¡claro que las vieron!, y que lo señalan a él lueguito con sus dedos, los dos al mismo tiempo.

Era una de las últimas fotos de mi padre, donde estaba fotografiado con un grupo de gente y que me dicen:
- ¡Mira tía, éste es el señor el que vino hoy!

Y Juana y yo (em)palidecimos...y nos quedamos sin habla...y ya no les dijimos nada a los niños, ellos siguieron jugando en el patio.  Mi sobrina y yo nos miramos incrédulas y no dijimos nada.  Pero la duda me quedó... y casi al final, cuando ya se iban le dije:
- ¡Ay Juana!, creo que mi padre si quiere su altar de muertos este año, por eso vino, porque yo no quería ponerlo más...se lo dije a mi patrona hace algunos días.

(El relato me dejó sorprendida)
Días después, el altar para los muertos estuvo puesto en su casa, fui con mis hijas a verlo, y ella nada más abrir la puerta a nuestra llegada nos dijo:
-La vida es eterna, ni duda me cabe señora y hoy les he cantado a mis muertitos sus canciones favoritas, las velas que iba encendiendo se movían como si corriera el viento entre ellas, y estaba todo cerrado. Así que seguramente ellos me seguían entonando.

martes, 31 de agosto de 2010

Una mañana

Una mañana

Pataleaba con todas mis fuerzas tratando de romper las correas que la mujer había atravesado alrededor de mis piernas, esperándome sobre el maloliente camastro, como un animal cuando acecha a su presa.

Mientras papá camina sin pausas, una y otra y mil veces más, estrellando su angustia contra las paredes del pasillo del corredor.

Las paredes resquebrajadas del frío cuartucho donde permanezco, empiezan a oscurecerse cobijados en mis temores más recónditos.

De pronto ella alarga su mano hacia mi frente, acariciándome, con la misma ternura nerviosa de las ocasiones en que me visitaba, y tocaba mi estómago preguntándome ¿cómo va todo?.

Eran esos días en que papá salía para la obra, tratando de convencerse de que todo avanzaba bien en mí, y un tanto preocupado solía preguntarme:
¿Necesitas algo?, como si en su frase quisiera decirme que contara con él siempre.

Este día ella examina mi cuerpo, me palpa suavemente cada centímetro del vientre, de los senos y me pregunta si siento dolor alguno, y yo me siento muy humillada. Pero no me quejo, y me ubico en ser un muñeco de plastilina, al que se le va deformando el cuerpo en cada toque a su piel.

Mientras ella, se esfuerza en contarme de cosas que no comprendo, como aquellas fotos que en su día me enseñó, para mostrarme mujeres gordísimas, sacadas de recortes de revistas, caminando por las calles con ropajes holgados. O aquellas otras imágenes, de mujeres tendidas en camillas similares a la mía, rodeadas de colores blancos, con doctores y enfermeras alrededor.

Una mañana, ella tomó su frío metro de plástico, el de sus costuras y me midió muy temblorosa el tamaño de mis senos, me dijo que había que confeccionarme nueva ropa muy holgada, sonrió brevemente, la misma sonrisa de este día, cuando acaricia mi frente, mientras la mujer encaramada en mi cama empieza a dilatarme y todo el cuerpo me duele.

Grito con todas mis fuerzas, pero mis gritos no se escuchan en el cuartito cada vez más negro, el tráfico citadino, los cláxones y chirridos de los camiones atrapan mis sonidos, soy silente, siempre lo he sido.

Ella que vivía con mi padre desde que murió mamá, era la única persona que entendía mis balbuceos, y como en el colegio me hablaban para que siguiera el movimiento de los labios, se acercó a mi cara y me dijo muy lentamente:
C-á-l-m-a-t-e n–e–n–a

Y no entendía que yo sólo quería que la mujer se bajara de mi vientre, y quitara de mis piernas los amarres que me ataban a ese lugar.

Ella se asustó mucho, cuando un día no me vino, y al siguiente tampoco, y al tercero nada, y pasaron quince días sin que me viniera, y ella se asustó tanto que le dijo a mi padre.

Una mañana, ella me encerró en su dormitorio y me dijo que yo había estado con un hombre, y como le dije que no la entendía, se arrodilló frente a mí, tomó mi cara muy duro entre sus manos, y finalmente me dijo entornando los labios muy lentamente:
E-s-t-u-v-i-s-t–e c–o–n u–n h–o-m-b–r- e

Y ella trató de explicarme algo que yo no entendía, y me decía en todo momento si yo sabía donde podía encontrar a ese hombre, o como se llamaba y que cómo lo había conocido.

Pero yo le digo que no se dónde encontrarlo, o cómo se llama, porque se acercó un día a la salida del colegio con un cono de helado que me regaló, y me dijo que nadie iría por mí, que todos estaban muy ocupados, y me subí a su carro, y luego prendió un cigarrillo y mirándome muy cerca, me dijo que nos llevaríamos muy bien, y yo le pedí que me trajera a la casa.

Después le digo a ella que no recuerdo nada, que al despertar estaba sin mi uniforme y sólo vestida con mis zapatos, en un camino lleno de veredas, y alguien caminando por ahí, me miró despectivamente, y entonces sentí mucho frío y me di cuenta de mi desnudez, y me protegí con mis manos.

Y otra se me acercó y yo me tapé la cara con las manos, y dejó caer una cobija en mi cuerpo, y algo me dijo, y yo le pedí que hablara con sus labios muy lentamente y frente de mi cara, y repitió varias veces:
T-e v-i-o-l-a-r-o-n

Y yo sentí mucha tristeza en su cara, y empecé a llorar porque no sabía que significaba eso, y me daba mucho miedo estar sin mi uniforme.
T-e v-i-o-l-a-r-o-n

Y un día ella llora, y me habla muy rápido porque mi padre estaba presente, y no pude leer sus labios. Ella me hace tomar a la fuerza, una bebida que sabe y huele a podrido, y yo grito, y le digo que sabe muy feo, y me mira con desesperación y me dice otra vez muy lenta y muy cerca de mi cara:
T-i-e-n-e–s q-u-e t-o-m-a-r e-l b-r-e-b-a-j-e
Y yo lo escupo al piso.

Ella, cerró la puerta de mi cuarto un día, me abrazó fuertemente, mientras las lágrimas le corrían por el rostro, y comenzó a decirme muy cariñosamente:
E-s-t-á-s e-m-b-a-r-a-z-a-d-a

Pero como yo no le entendía me dijo muy lentamente, acercando su cara a mi rostro:
V-a-s a t-e-n-e-r u-n h-i-j-o
Y yo le dije que no era posible, porque todavía no me casaba.
Ella sonrío con amargura, y luego lloró.

Y ahora la mujer gordísima, me sigue apretando con mucha fuerza el estómago, como si fuera de caucho y como si no me doliera, yo pataleo y grito.

La mujer que me maltrata, sin importarle nada, mueve mis piernas como si buscara algo, y entonces empiezo a sudar, empiezo a temblar y unas espinitas se me clavan en la cabeza, y todo me comienza a dar vueltas, como cuando ella me llevó a los juegos de remolinos de la feria.

La mujer suda y deja caer unas gotas que parecen quemarme, se apoya sobre mi cabeza, y sobre mi vientre, y siento que mi cabeza se cae definitivamente a un lado, mientras las paredes del cuarto dan tantas vueltas como yo.

Cuando despierto luego de un rato, todo es silencio, ya nada da vueltas, ahora estoy completamente sola, en ese cuartucho oscuro y frío, hasta que una pequeña luz se filtra con dificultades entre las rendijas, iluminando algo que empieza a inundar mi camastro, algo que viene mientras yo pierdo la fuerza a borbotones...
 

Un lapsus...

El presente:
Hoy me enviaron este mensaje al celular: 
"El sonido da la vuelta 9 VECES alrededor tuyo antes de que pueda escucharte".
Dicho a propósito de que mi voz le llegaba con bastante desfase (delay).

Sin embargo yo leí en voz alta, algo totalmente distinto:
"El sonido da la vuelta 9 MESES alrededor tuyo."
Entendí de inmediato que mi inconsciente me había hecho una jugarreta con ese "lapsus" tan sugerente:
"9 MESES" y un sueño muy reciente.

Previo:
El último sueño que recuerdo (suelo olvidar todos), fue a raíz de haber leído una poesía que hablaba de una niña aún no nacida. El relato me conmovió y todo el día rondó en mi mente.

Me dormí cerca de las 12 de la noche, y quedó prendida la televisión de mi recámara, programada para apagarse media hora después y para prenderse a las 6 de la mañana del día siguiente. En algún momento empecé a soñar, pero sólo recuerdo una pequeña fracción de mis ensoñaciones de esa noche.

 
El sueño:
De pronto así de la nada, aparecí en una casa extraña pintada en colores claros, parada frente a la puerta blanca de un baño. La puerta permanecía entreabierta, y escuchaba algunos sonidos de agua, intrigada terminé por ingresar.

La escena de un apurado padre de mediana edad, con los brazos totalmente enjabonados bañando a una bebé, surgió de pronto. Vestía una playera en tono claro y un pantalón de mezclilla azul marino. Usaba lentes llenos de pringuitas de jabón. Al fondo del baño observé una ventana alargada, con vidrios polarizados. Toda la habitación tenía mármol gris claro.
Lo primero que pedí al padre fué dejarme bañar a la bebé.
Y él sólo respondió:
-¿Mi jugo me lo traes? es algo tarde y tengo que irme a trabajar.
-¡Ah sí el jugo!, lo olvidé, ahora lo traigo - contesto yo desconcertada.

Salgo de la habitación, y mis pasos me encaminan a una cocina blanca.  Veo nada más entrar, una mezcla de frutas y verduras dispersas por la superficie de una mesa. Al fondo, en la barra, hay una licuadora con una mezcla anaranjada en su recipiente, tomo el vaso de vidrio transparente que está a un lado, lo lleno y me encamino al baño.

Regreso a la escena del padre con la bebé.
Le digo al llegar:
 - Ya traje el jugo.
El sonríe y me dice que se lo tomará de un sorbo.

En ese preciso instante, tocan el timbre de la puerta principal.
Cierro la puerta del baño, y con el vaso de jugo en la mano, me encamino ahora a la puerta de entrada.
¿Quién es? - pregunto antes de abrir.
Y escucho risas y voces que me dicen:
-¡Mami somos nosotras! (son las voces de mis dos hijas).
-Sorprendida, abro de inmediato.

Me encuentro entonces, frente a unas cajas enormes envueltas en papel de regalo, con moños de vivos colores, juguetes en el piso, globos blancos y rosas en un enorme arreglo floral - ellas muy sonrientes diciendo a coro -  
-¡Venimos a verla!

(Despierto, despierto, despierto...6 de la mañana).

domingo, 29 de agosto de 2010

Visita inesperada

Visita inesperada






Mi abuela materna había fallecido unos meses antes, después de una enfermedad larga y dolorosa. 

Mi madre pasaba por un período de mucha tristeza, llorando la mayor parte del tiempo.  Cierta tarde durante su siesta, mi mamá estaba muy agitada en su sueño y parecía hablar dormida. Al asomarse mi padre a su recámara, notó cierta luz extraña en la penumbra de la habitación. 

En algún momento de esa misma noche, mi padre se despertó y quedó sorprendido con lo que observó ante sí:


Mi madre, sentada en la salita que tenían dentro del dormitorio, parecía conversar "dormida" con otra persona.  Mi papá incorporándose de la cama, fue adonde estaba mi mamá para preguntarle:
- ¿Qué haces aquí? ¿Con quién platicas?


Mi madre ignoró el comentario y siguió conversando; luego se paró del sillón y se despidió de "esa otra persona" volviendo a su cama para seguir durmiendo.


Al día siguiente, mi mamá sin tener consciencia de lo acontecido, comentó muy tranquilamente a mi padre: 


- Anoche soñé con mi madre; me dijo que está bien, y la vi muy recuperada, como si nunca hubiera pasado por enfermedad alguna; me dijo que ella es muy feliz porque al fin descansó de tanto dolor.



Ese día mi madre regresó a sus actividades diarias, parecía mucho más tranquila y dispuesta a aceptar y superar la muerte de mi abuelita...como de hecho aconteció.

Un reflejo del pasado.

Un reflejo del pasado

La madre de mi abuela llegó a México proveniente de Italia, con cientos de refugiados más durante la Primera Guerra Mundial.

Era una bella chica de 15 años muy extrovertida, que en la travesía en barco hizo amistad con una joven casada con un médico militar (él seguía en Italia), y que viajaba con dos niños pequeños. Llegados a tierra mexicana y en lo que decidía que hacer con su vida, esta señora le ofreció el trabajo de cuidar a sus pequeños hijos, que habían congeniado muy bien con ella. Aceptado el trabajo, se dirigieron a una residencia en la capital de México.


Al poco tiempo, llegaron otras personas a trabajar ahí, entre ellas una cocinera con quién solía platicar mucho la madre de mi abuela, y quién le enseñó el idioma español.

Un buen día, llegó una carta anunciando la llegada del esposo de la señora, debido a que ciertas gestiones diplomáticas lo traían a México.  A media mañana del día anunciado, se escuchó golpear insistentemente la puerta de la casa.  El señor vestido con su uniforme militar, por fin había llegado.

Su mujer salió a recibirlo feliz, y luego extrañada le preguntó ¿si no traía equipaje?, a lo cuál el marido contestó que había ciertos cambios y sólo estaría por unas horas en casa. La esposa triste por la noticia, llamó a los niños (que estaban en el segundo piso de la casa), para que bajaran a saludar a su padre. La madre de mi abuela (su nana), bajó con ellos para seguirlos cuidando.

En algún momento, se sirvió la comida en el comedor. Por lo que los pequeños corrieron a sus sillas, seguidos por la nana y sus padres. Sentados a la mesa, la señora le insistía a su marido en que comiera, pero él se limitó a acompañarlos, sin probar bocado alguno.

Terminada la comida, todos salieron a caminar por el enorme jardín de la casa. En cierto momento, él militar se detuvo en seco y les anunció que era la hora de despedirse.  A su mujer se le rodaban las lágrimas, los niños abrazaron a su padre y salieron a despedirlo.

El hombre caminó calle arriba, volteando de vez en cuando para enviarles besos y decirles adiós agitando su mano muy sonriente, en lo que doblaba en la esquina para dirigirse al carro que lo aguardaba.

Aproximadamente media hora después, los niños, la madre y mi bisabuela (la nana) tuvieron un agotamiento extremo e inusitado, además de naúseas y dolor de cabeza. Llamado el médico familiar, les dijo que posiblemente se habían intoxicado con la comida.

Por la mañana del siguiente día, llegó un telegrama urgente para notificar a la mujer sobre la muerte en Italia de su marido...en el mismo momento en que éste llegaba a su casa en México.  La muerte le sorprendió durante una explosión en el hospital, donde atendía a sus pacientes.

sábado, 21 de agosto de 2010

Deja capturar mi imagen.



Deja capturar mi imagen.
 
¡Deja que el viento pase sin retorno!
Y que de forma a mi tristeza,
Ya no espero tu regreso,
Ya no vuelvo a tus campos,
Ahogo todo mi dolor en tus silencios.

¡Deja que borre mis pasos en tu recuerdo!
No me envuelven más tus cantos,
No me emocionan más tus letras,
¡Hoy renuncio libremente a tus labios!

¡Deja que mi corazón te abandone!

Abro las puertas de mi ser al despedirnos,
Observo el mar de tu ausencia en mi camino,
Y la distancia del gran desierto que fuimos recorriendo,
Empezaré a secar el desgaste de un pasado juntos.


¿Cómo reconstruír héroes en domingo?




¿Cómo reconstruir héroes en domingo?





Este domingo al mediodía, cuando estaba a punto de salir de casa, mi sobrino de cinco añitos llegó de improviso como aire fresco y puro. Se soltó de la mano de su mamá y corrió hacia mí gritando:

- Tíaaaa, tíaaaa ¡dile a mi mamá que me quedo contigo!.
La cara de mi hermana es de incredulidad, y me dice:
- ¡Ay perdón! no sabía que ya ibas de salida (viendo mi camioneta a media calle).  Este niño en cuanto venimos por tu rumbo, empezó a neciar con que ¡vamos con mi tía! y ¡vamos con mi tía!, y no paró hasta que venimos.

Me río y me dirijo a mi sobrino:
- ¿Vamos a comer y luego al cine?
Una linda sonrisa de oreja a oreja surge de pronto en su carita de ángel.
Sólo como información "adicional" mi hermana me dice:
- ¿Pero ya te dijo que viene con todos sus juguetes?
- ¡Son mis favoritos tía! - contesta ni tardo ni perezoso
- ¡Ah bueno! si son tus favoritos pues que nos acompañen todos - concluyo.


Mi sobrino se despide de su mamá con un beso de lejos, muy aprisa pero eso sí, muy bien tronadito al aire. Sus manos están ocupadas, llenas de lo que “intuyo” son sus muñecos favoritos.

Me despido de mi hermana, y mi día lleno de adultos se transforma de pronto en diversión pura y llana.  Un pequeño aguarda impaciente a que le abra la puerta de la camioneta, y comienza el desfile de sus héroes maravillosos.

Espero que mi mala memoria no me traicione, pero subieron al vehículo: Supermán, Linterna Verde, El Hombre Araña, Batman, Hulk y la Mujer Maravilla.
- ¿Pueden ir sentados atrás conmigo? (me dice)
- ¡Claro que pueden!
Procede a ordenarlos en su asiento, creo que por colores, o quizás por simpatía, o por méritos, no lo sé a ciencia cierta. Sólo sé que él va en medio, y le ajusto el cinturón de seguridad.  Arrancamos con rumbo desconocido, hasta que en algún punto del camino me dice que quiere ir a las resbaladillas de las hamburguesas.


El tráfico es denso, ir a vuelta de rueda se ha vuelto común en los días de descanso. Por el espejo retrovisor, de cuando en cuando, observo a mi sobrino entretenido en una batalla seguramente intergaláctica, a juzgar por los sonidos que emite:
- Dinkkkk, orrrr, ogggh, agrrrrrr, bomppp, buuunch.

Una batalla que me va narrando paso a paso...
- ¡El Hombre Araña envuelve con su teleraña a Batman! (grita).
- ¡Linterna Verde trata de auxiliarlo! pero salen Supermán y la Mujer Maravilla.
- Tííía el Linterna Verde está perdiendo sus fuerzas.
-¿No desayunó bien en su casa? - le pregunto -  y como respuesta sólo suspira...

En algún momento del trayecto, mi sobrino grita con voz desesperada
- ¡¡Nooo!!
- ¿No? - le pregunto extrañada viéndolo nuevamente por el retrovisor mientras estamos detenidos en el tráfico.
- Es que tía, ¡todos están contra el Linterna Verde!
- Mmmm ¿Es el mono ese de verde?
- ¡Que no es mono tía! ¡No le digas así a mi Linterna Verde! - dice enérgicamente
- ¿No? - sonrío y el tráfico se me hace menos denso...

Mientras tanto, continúa la batalla en la parte trasera del auto. El pequeño tira alguno de sus muñecos al asiento de más atrás. Mi camioneta seguramente vuela por el espacio, estoy casi segura a juzgar por los últimos sonidos que escucho: tin, tin, tin, plip, plip, plip, plip. 

Sin embargo, en algún momento todo se vuelve un silencio espeso, lo cual es inaudito. 
- ¿Qué sucede que no te escucho? (le pregunto buscando su cara en el retrovisor)
- Tía es que el Linterna Verde se asustó mucho, y salió volando rápido porque todos se le venían encima ¡y se descabezó!
- ¿Se descabezó? -  aquí pienso en mi hermana, y en lo que nos dirá a los dos en cuanto nos vea con un muñeco carísimo y descabezado...

Con su carita sorprendida, me enseña una pequeña cabeza en su mano derecha y en la otra lo que resta de un cuerpo verde.
- ¡Ay no puede ser!, ¡es que no cuidas tus muñecos! -le reprendo.
- ¡Qué no son muñecos tía! que son súper-héroes y es que estaban luchando muy fuerte. Y el Linterna Verde se descabezó del susto.

Su carita se descompone ahora en un mohín entre triste y desolado. Los ojitos le brillan, creo que tiene alguna lágrima por ahí a punto de brotarle.  Contagiada ya de sus aventuras intergalácticas, y previniendo un repentino llanto se me ocurre decirle:
- ¡Ah ya sé! juguemos a que el Linterna Verde será el jinete sin cabeza.
- ¿El jinete sin cabeza tía?
- Sí es una película de aventuras que vi hace tiempo. Verás, se trata de un jinete que no tiene cabeza, y se pasea con su caballo por todo un pueblo.
- ¿Sin cabeza? ¿Cómo mi Linterna Verde? -pregunta mi sobrino con sus expresivos ojos nuevamente llenos de alegría.
- Sí si, así, igualito a tu muñeco verde - le contesto
- Síiiii tía, yujuuuuu mi Linterna será el Jinete sin Cabeza
(fin de las lágrimas afortunadamente)
...Pero ¿y el caballo tía?
- Al rato lo buscamos en casa, por ahí tengo uno abandonado. 
Ya llegamos a comer nene - descanso de verme al fin entrando en el estacionamiento del restaurante.

Me estaciono frente a los juegos infantiles. Abro la puerta de mi sobrino, que agarra todos sus muñecos (incluido su Linterna Verde), le desabrocho el cinturón de seguridad y salta afuera. Me da su manita derecha para entrar juntos al lugar. Su mano está llena de los juguetes que aprisiona también en su pecho.  En tan incómoda posición seguimos caminando.

Pido una mesa cercana a los juegos infantiles y nos encaminamos a ella. Antes de sentarnos, mi sobrino se detiene y deja sus juguetes sobre la mesa, ordenándolos en un semicírculo. 

El mesero llega minutos después para tomar  nuestro pedido, y observa los juguetes que nos acompañan.
- ¿Se le rompió la cabeza a tu muñeco? (le pregunta al niño)
Mi sobrino mira detenidamente a sus muñecos, suspira hondo y profundamente.  Luego me mira a mí, y antes de que yo pueda decir nada, procede a responder con una seguridad que me desconcierta:
- ¡No señor!.
-  Mi muñeco era el Linterna Verde cuando llegué con mi tía, pero se convirtió en el Jinete sin Cabeza en su carro ¿verdad tía? - me pregunta
-  Si - contesto - tengo una camioneta mágica - sonrío.

viernes, 20 de agosto de 2010

Lecciones de Amor




Lecciones de Amor

Cuando ingresaste al hospital ese mes de febrero, ya sabías que no había vuelta de hoja, es más todos lo sabíamos. Yo me quedé en casa, diciéndote adiós entre lágrimas. ¡Y no recuerdo uno más difícil que éste!
¿Habrá un adiós feliz?

Luego nos dijiste adiós uno a uno, y cerraste los ojos el día de tu cumpleaños, como si hubieras completado un ciclo entero antes de partir.

Eras un señor, como yo digo: Hecho a sí mismo.
Alguien que completamente solo, se construye la vida, se construye los sueños y se construye la muerte, su muerte.

Te conocí cuando tenías 39 años, y yo apenas unos minutos de nacida. La enfermera que nos presentó simplemente dijo:
¡Es una niña!
Y no lo podías creer. Narran que brincabas de alegría del piso al techo, entre tanto alboroto y muchas felicitaciones.

Un día me contaste, que no te cabía en el corazón la palabra: PAPÁ y derramaste lágrimas al decírmelo.

Te recuerdo ahora, retratándome en el jardín de la casa, entre las plantas verdes y los árboles floridos de naranjos. Yo con mi vestido nuevo, mis zapatitos blancos, y dando unos primeros pasos entre tus muchas sonrisas de aliento y festejos de esperanza.

Te recuerdo también en mi primer año, sosteniéndome en ese banco frente a mi pastel, me animabas a que apagara mi velita, yo miraba el carruaje que la adornaba, sonreía divertida.
¡Qué feliz era papá!

Te recuerdo con tu paciencia infinita, enseñándome a andar en bicicleta, sin aquellas rueditas que le habías ajustado en la llanta trasera, para que no me cayera.

Y lo mejor, es que te recuerdo en todas mis vacaciones infantiles, en la playa cercana, en el coche por carreteras interminables, en los juegos mecánicos de las ferias, en el tren que atravesaba las montañas y en el avión asomándome a las nubes.

Y sobre todo, papá, te recuerdo en cada acontecimiento de mi vida. Y no es que tuvieras todo el tiempo del mundo...
¡Que va! 
Dirigiendo una fábrica, de la que dependía tanta gente, te escuchaba madrugar todos los días, entrar silenciosamente a mi cuarto para darme un beso de despedida, y correr a tu oficina, desvelarte en lo que solías decir "cosas del trabajo" y enfermarte de cansancio muy seguido.

Pero papá, a pesar de esto, si te llamaba con mi vocecita demandante, eras capaz de estar ahí unos segundos después, para atenderme en lo que necesitara.  Y no sabes como extraño esa magia tuya, y que te hayas llevado esa receta, tú receta favoritamente especial, solías decirme riendo.

¿Cómo le hacías?
Fué tu gran secreto, y tu principal cualidad,
tu presencia constante en mi vida,
y eso papá, me hizo amarte siempre.

Así eras tú, así fuiste tú, así te recuerdo ahora en estas horas tan tristes, cuando me asombra descubrir la maravillosa experiencia de un padre presente en cada día de mi vida.

¡Adiós papito!
Tu presencia me acompañará el resto de mi vida, vas en mi alma, no te olvido.
(Un día 23 de Febrero)

Los sueños de Gabriel





Los sueños de Gabriel
- ¡Gabriel por amor de Dios…despierta! – estás gritando nuevamente.

La tranquilizadora voz de Edurne le ubica en un nuevo día.
La pesadilla se repite con absoluta precisión desde hace dos semanas. El delgado cuerpo de Gabriel se convulsiona, primero imperceptiblemente y luego con una furia atroz, difícil de contener.

El pequeño llora aterrorizado, es como si su cuerpo no le perteneciera. El neurólogo y luego el psiquiatra no han detectado nada anormal en sus funciones cerebrales. Sin padecimiento orgánico diagnosticado, continúan los estudios.

- ¡Jamás regresó! – grita Gabriel - es como si se lo hubiera tragado la tierra, y cuando le prendo velas a su retrato, se van apagando – suspira.
- ¿De quién hablas hijo? - Edurne llama con urgencia al psiquiatra, éste día a su pequeño le ha sido imposible ubicarse en la realidad.

Durante la última sesión de hipnosis con Gabriel, el doctor anotó una frase enigmática de difícil interpretación:
“Los emisarios llegan siempre con el viento”

Gabriel en días previos, estuvo paseándose por las cercanías de un edificio abandonado. La zona estaba siendo resguardada por las autoridades, y señalizada con cintas amarillas fosforescentes que decían:
¡PELIGRO!
Era imposible acercarse por ahí.
“El fuego sella las alianzas” – se leía en el enorme graffiti de la entrada principal.

Edurne localiza por fin al psiquiatra.  El doctor le pide llevar a Gabriel para hospitalizarlo, así tendrá el tiempo necesario para evaluar su padecimiento, y dar un diagnóstico definitivo.

Mientras hace la maleta de su pequeño, Edurne observa la fecha en el calendario:
- ¿Gabriel ya viste? Hoy es 31 de octubre, es Halloween el día de dulces o broma – sonríe.
- ¡Cuando el viento sople muy fuerte mami, vendrán ellos! – suspira Gabriel.
- ¡No digas tonterías! Estarás unos días para tus estudios en el hospital, y yo me quedaré contigo siempre.

La baja temperatura de la noche, traspasa inclemente los grandes ventanales del Hospital.  Gabriel, en el pabellón de psiquiatría sujeto a su cama con correas en los brazos, manos y piernas comienza a agitarse imperceptiblemente.
Edurne toca el timbre de la Enfermería, antes de que sobrevenga la crisis.
Son las doce de la noche.

El repentino "Tornado de Halloween” (como lo titulan los periódicos del día siguiente), ocasionó un corto circuito inexplicable en el Hospital Central.
El incendio se inició en el pabellón de psiquiatría – revelan los peritajes.  No hay sobrevivientes.
Narran los testigos, que un inexplicable viento corría ululante en las humeantes ruinas del Hospital...

jueves, 19 de agosto de 2010

En el olvido





En el olvido
Después de un profundo viaje por los sueños,
entre blancas almohadas húmedas del alba,
y la espuma andando sobre las finas arenas en tu playa,
despierto.

 Mecida en rítmicas y azules olas continuadas,
mis sandalias marcan las imborrables huellas del silencio.


He vuelto a recordarte en nuestra casa.
Y me prometí que en ningún lugar seré tristeza.

                                   Llegan las noches de insomnio,
y el silencio de las vacías horas.

Mis pasos tienen prisa de un poema.

 
Las ventanas abiertas para enredarme con el viento.
 
Mi corazón atrapado entre barrotes,
                                aprende la infinita tristeza del no verte.

Mil tormentas lloran juntas por mis ojos.

El silencio se acuesta conmigo por las noches,
y me abraza,
tu olvido reposa en el salón de los espejos,
un amor vacío.
 

365 grados



365 Grados
Acostada dolorosamente en el pasto,
semidesnuda,
estoy mucho más que agotada y delirante,
la cabeza me da vueltas con lo que pienso en este momento: 
¡Anoche… fui tan feliz!

Después de colgar el teléfono permanecí contemplando los trazos de luz de la luna, a través de los árboles del jardín y de las persianas en mi recámara.  Mi cama abrasante lucía perfecta pensando en ti, y cada arruga de las sábanas de satín se acomodó a mi desnudo cuerpo, y me arropó hasta los primeros trinos de las aves posadas en la ventana, la señal que esperaba.

Esta mañana antes de salir a buscarte, desperté preguntándome entre mil sonrisas del alma, si valía la pena continuar con esta afirmación tan plena:
¡Anoche fui tan feliz!

Una piedra de toque brilla en mi mente: ¡Al fin lo sé!
Y carezco de la fuerza necesaria para negarlo.
(héme aquí en una absurda situación a mitad de un campo)

Rodeada de los helechos verdes y de las flores multicolores, impera en mí la sola presencia de un lugar demasiado amado, el bosque como antídoto ácido o alcalino de lo que sea que me vaya a suceder:
¡Fui feliz!

La dureza de la tierra comienza a hacer mella en mi agotado cuerpo, el sol abrazante quema con sus millones de rayos mi cara vuelta a él, cual verdugo confesor.

Una circunstancia absurda lo provocó todo.
Mi ensoñación por tí,
una distracción,
el tren con su ensordecedor zumbido,
el carro siendo arrastrado,
el ruido seco y retumbante de los metales,
los chirridos de unos frenos... 
mis manos aferradas a un volante inexistente,
el pasto en lo que queda de mi:
¡Fui

Cuando el alma se la lleva el diablo.

 


Cuando el alma se la lleva el diablo

La hoja de papel lino descansa en la mesita de noche. Las palabras escritas musitan un: Adiós

El edredón azul cielo doblado descuidadamente en la cama, cubre un torso semidesnudo. Sus rizados cabellos claros, descansan en una almohada que cobija su varonil rostro. 

Cuando el reloj del salón marca las tres de la mañana, se escuchan unos presurosos pasos, apagados por la mullida alfombra.

Sonia, de negra y brillante melena lacia cayéndole al hombro, va vestida con aquel traje color uva -que tan bien le sienta - atraviesa el salón rápidamente ¡Cómo cuando al alma se la lleva el diablo!

Sus bellas facciones llevan una sonrisa insinuada apenas y sus expresivos ojos negros, un brillo muy especial.  Camina de frente al salón, deteniéndose en una puerta de madera marrón, donde suspira hondamente ¡Cómo cuando se necesita de valor!

Girando el dorado picaporte con su mano derecha, la pesada puerta cede entreabriéndose, y Sonia permanece unos segundos quieta, adaptando su vista a la oscuridad absoluta.

Percibe una acompasada y tranquila respiración, él duerme plácidamente – confirma.
¿Qué hace ella ahí? – se pregunta furiosa - mientras el corazón le late muy aprisa.

Tomando la hoja de papel lino, escrito con hirientes frases de despedida unas horas antes, desgarra el texto muy despacio, en pedacitos llenos de coraje y mucho rencor...saboreando sus movimientos. 
Su cuerpo y su corazón jamás fueron infieles, hasta hoy - suspira.
Luego sonríe y comienza a desvestirse lentamente...él no lo sabe, él no leyó su mensaje de despedida.

¡Margaritas a los cerdos! – dice mirándolo de reojo.
Saldada la cuenta, todo está en paz. 

miércoles, 18 de agosto de 2010

Metronómico






Metronómico
Ese día me era particularmente difícil estar sometida al constante ruido del metrónomo, una y otra vez le escuchaba en mi cabeza en su monótono tic, tac, tic, tac, tic, tac

Los dedos entumidos por el frío despertar, apenas podían tomar el calor que la calistenia de un recorrido en el teclado del piano, un aburrido do, re, mi, fa, sol, la, si, do, si, la, sol, fa, mi, re, do en repeticiones al infinito, eran mi primera actividad del día desde hacía tres años.

Solía protestar ante esta imposición diaria siguiendo el Método Meyer...la instructora se reía siempre como si de un chiste se tratara, haciendo caso omiso de mis protestas airadas.  Pero ese día era diferente, ese día la cabeza me explotaba con intenso dolor, las manos paralizadas no me respondían, los dedos cristalizados de frío estaban en rebelión, mi cerebro en forma desesperada pedía regresar a la cama.

Desde el plasma de la sala, salen gritos: que si era una perezosa, que si la formación de una concertista era la disciplina. Cansada, soñolienta y en una franca revolución personal, estiré la mano, tomé el control de la televisión de plasma y apreté el botoncito rojo de power.

¡Liberación en camino! - dice mi mente

La cara de la maestra, su enorme sorpresa e incredulidad persistió en mi memoria por algunos instantes.
Con una gran sonrisa camino a mi dulce cama, cantando aquello de "dulces sueños niña mía" tal y como solía hacerlo mi nana (hace ya tantos años).