Andén interior

Andén interior

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Lo que no importa.

La cámara de video exhibe su diminuto ojo rojo, cables embrollados y un zumbido electrónico hacen evidente su presencia. Montada sobre un tripié formando un triángulo la veo al fondo del cuarto.
-¿Te gusta posar desnuda verdad zorra? 


Oí la pregunta del hombre del pantalón descolorido, que se incorpora del sofá donde había permanecido fumando incesante todo este tiempo. Escuché su pregunta como a lo lejos. El hombre vuelve a decirme - con su voz fría y metálica - "Te haré gritar hasta morir, y lo disfrutaremos" además de otras cosas que ya no importan en este instante.

Lo que es significativo, es el recuerdo de mi madre recibiéndome en casa por las tardes, al regreso de la maquiladora. Recordarla sonriente, es un gran placer para mí. Lo que ahora cuenta - y esta vez lo repito con los ojos cerrados, pues no quiero ver el rostro amenazante del hombre del pantalón desteñido - son todos mis dulces recuerdos. 

Miro y vuelvo a evadirme en mis pensamientos. El hombre está todavía encima mío y sus asquerosas manos manchan mi cuerpo; rodea mi cuello aprisionándolo con su cuerda de plástico amarillo, mientras me grita obscenidades. No lloro.

Dicen que toda la vida desfila en el último momento y ahora lo compruebo.  Estoy en uno de esos domingos tuyos y míos, tomados de la mano caminando hacia ninguna parte, cuando se pone dorada la tarde.

Es una memoria diáfana, con los ojos bien cerrados. Me imagino reflejada en tus ojos, en tus hermosos ojos color miel.

El hombre me mantiene amarrada, amordazada y mis gritos se van apagando, la soga se entierra a mi cuello, sigue grabando con su cámara del fondo del cuarto. No va a cesar hasta que esto termine. Ríe a carcajadas, grita en éxtasis, disfruta de mi dolor.
Al fin hay calma.

Hoy 
mis ojos fijos y sin luz ya no se miran en los tuyos,
mi cuerpo (tirado en cualquier lugar)
una más dirán
aquí no pasa nada.

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