Andén interior

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viernes, 20 de agosto de 2010

Lecciones de Amor




Lecciones de Amor

Cuando ingresaste al hospital ese mes de febrero, ya sabías que no había vuelta de hoja, es más todos lo sabíamos. Yo me quedé en casa, diciéndote adiós entre lágrimas. ¡Y no recuerdo uno más difícil que éste!
¿Habrá un adiós feliz?

Luego nos dijiste adiós uno a uno, y cerraste los ojos el día de tu cumpleaños, como si hubieras completado un ciclo entero antes de partir.

Eras un señor, como yo digo: Hecho a sí mismo.
Alguien que completamente solo, se construye la vida, se construye los sueños y se construye la muerte, su muerte.

Te conocí cuando tenías 39 años, y yo apenas unos minutos de nacida. La enfermera que nos presentó simplemente dijo:
¡Es una niña!
Y no lo podías creer. Narran que brincabas de alegría del piso al techo, entre tanto alboroto y muchas felicitaciones.

Un día me contaste, que no te cabía en el corazón la palabra: PAPÁ y derramaste lágrimas al decírmelo.

Te recuerdo ahora, retratándome en el jardín de la casa, entre las plantas verdes y los árboles floridos de naranjos. Yo con mi vestido nuevo, mis zapatitos blancos, y dando unos primeros pasos entre tus muchas sonrisas de aliento y festejos de esperanza.

Te recuerdo también en mi primer año, sosteniéndome en ese banco frente a mi pastel, me animabas a que apagara mi velita, yo miraba el carruaje que la adornaba, sonreía divertida.
¡Qué feliz era papá!

Te recuerdo con tu paciencia infinita, enseñándome a andar en bicicleta, sin aquellas rueditas que le habías ajustado en la llanta trasera, para que no me cayera.

Y lo mejor, es que te recuerdo en todas mis vacaciones infantiles, en la playa cercana, en el coche por carreteras interminables, en los juegos mecánicos de las ferias, en el tren que atravesaba las montañas y en el avión asomándome a las nubes.

Y sobre todo, papá, te recuerdo en cada acontecimiento de mi vida. Y no es que tuvieras todo el tiempo del mundo...
¡Que va! 
Dirigiendo una fábrica, de la que dependía tanta gente, te escuchaba madrugar todos los días, entrar silenciosamente a mi cuarto para darme un beso de despedida, y correr a tu oficina, desvelarte en lo que solías decir "cosas del trabajo" y enfermarte de cansancio muy seguido.

Pero papá, a pesar de esto, si te llamaba con mi vocecita demandante, eras capaz de estar ahí unos segundos después, para atenderme en lo que necesitara.  Y no sabes como extraño esa magia tuya, y que te hayas llevado esa receta, tú receta favoritamente especial, solías decirme riendo.

¿Cómo le hacías?
Fué tu gran secreto, y tu principal cualidad,
tu presencia constante en mi vida,
y eso papá, me hizo amarte siempre.

Así eras tú, así fuiste tú, así te recuerdo ahora en estas horas tan tristes, cuando me asombra descubrir la maravillosa experiencia de un padre presente en cada día de mi vida.

¡Adiós papito!
Tu presencia me acompañará el resto de mi vida, vas en mi alma, no te olvido.
(Un día 23 de Febrero)

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