Andén interior

Andén interior

martes, 31 de agosto de 2010

Una mañana

Una mañana

Pataleaba con todas mis fuerzas tratando de romper las correas que la mujer había atravesado alrededor de mis piernas, esperándome sobre el maloliente camastro, como un animal cuando acecha a su presa.

Mientras papá camina sin pausas, una y otra y mil veces más, estrellando su angustia contra las paredes del pasillo del corredor.

Las paredes resquebrajadas del frío cuartucho donde permanezco, empiezan a oscurecerse cobijados en mis temores más recónditos.

De pronto ella alarga su mano hacia mi frente, acariciándome, con la misma ternura nerviosa de las ocasiones en que me visitaba, y tocaba mi estómago preguntándome ¿cómo va todo?.

Eran esos días en que papá salía para la obra, tratando de convencerse de que todo avanzaba bien en mí, y un tanto preocupado solía preguntarme:
¿Necesitas algo?, como si en su frase quisiera decirme que contara con él siempre.

Este día ella examina mi cuerpo, me palpa suavemente cada centímetro del vientre, de los senos y me pregunta si siento dolor alguno, y yo me siento muy humillada. Pero no me quejo, y me ubico en ser un muñeco de plastilina, al que se le va deformando el cuerpo en cada toque a su piel.

Mientras ella, se esfuerza en contarme de cosas que no comprendo, como aquellas fotos que en su día me enseñó, para mostrarme mujeres gordísimas, sacadas de recortes de revistas, caminando por las calles con ropajes holgados. O aquellas otras imágenes, de mujeres tendidas en camillas similares a la mía, rodeadas de colores blancos, con doctores y enfermeras alrededor.

Una mañana, ella tomó su frío metro de plástico, el de sus costuras y me midió muy temblorosa el tamaño de mis senos, me dijo que había que confeccionarme nueva ropa muy holgada, sonrió brevemente, la misma sonrisa de este día, cuando acaricia mi frente, mientras la mujer encaramada en mi cama empieza a dilatarme y todo el cuerpo me duele.

Grito con todas mis fuerzas, pero mis gritos no se escuchan en el cuartito cada vez más negro, el tráfico citadino, los cláxones y chirridos de los camiones atrapan mis sonidos, soy silente, siempre lo he sido.

Ella que vivía con mi padre desde que murió mamá, era la única persona que entendía mis balbuceos, y como en el colegio me hablaban para que siguiera el movimiento de los labios, se acercó a mi cara y me dijo muy lentamente:
C-á-l-m-a-t-e n–e–n–a

Y no entendía que yo sólo quería que la mujer se bajara de mi vientre, y quitara de mis piernas los amarres que me ataban a ese lugar.

Ella se asustó mucho, cuando un día no me vino, y al siguiente tampoco, y al tercero nada, y pasaron quince días sin que me viniera, y ella se asustó tanto que le dijo a mi padre.

Una mañana, ella me encerró en su dormitorio y me dijo que yo había estado con un hombre, y como le dije que no la entendía, se arrodilló frente a mí, tomó mi cara muy duro entre sus manos, y finalmente me dijo entornando los labios muy lentamente:
E-s-t-u-v-i-s-t–e c–o–n u–n h–o-m-b–r- e

Y ella trató de explicarme algo que yo no entendía, y me decía en todo momento si yo sabía donde podía encontrar a ese hombre, o como se llamaba y que cómo lo había conocido.

Pero yo le digo que no se dónde encontrarlo, o cómo se llama, porque se acercó un día a la salida del colegio con un cono de helado que me regaló, y me dijo que nadie iría por mí, que todos estaban muy ocupados, y me subí a su carro, y luego prendió un cigarrillo y mirándome muy cerca, me dijo que nos llevaríamos muy bien, y yo le pedí que me trajera a la casa.

Después le digo a ella que no recuerdo nada, que al despertar estaba sin mi uniforme y sólo vestida con mis zapatos, en un camino lleno de veredas, y alguien caminando por ahí, me miró despectivamente, y entonces sentí mucho frío y me di cuenta de mi desnudez, y me protegí con mis manos.

Y otra se me acercó y yo me tapé la cara con las manos, y dejó caer una cobija en mi cuerpo, y algo me dijo, y yo le pedí que hablara con sus labios muy lentamente y frente de mi cara, y repitió varias veces:
T-e v-i-o-l-a-r-o-n

Y yo sentí mucha tristeza en su cara, y empecé a llorar porque no sabía que significaba eso, y me daba mucho miedo estar sin mi uniforme.
T-e v-i-o-l-a-r-o-n

Y un día ella llora, y me habla muy rápido porque mi padre estaba presente, y no pude leer sus labios. Ella me hace tomar a la fuerza, una bebida que sabe y huele a podrido, y yo grito, y le digo que sabe muy feo, y me mira con desesperación y me dice otra vez muy lenta y muy cerca de mi cara:
T-i-e-n-e–s q-u-e t-o-m-a-r e-l b-r-e-b-a-j-e
Y yo lo escupo al piso.

Ella, cerró la puerta de mi cuarto un día, me abrazó fuertemente, mientras las lágrimas le corrían por el rostro, y comenzó a decirme muy cariñosamente:
E-s-t-á-s e-m-b-a-r-a-z-a-d-a

Pero como yo no le entendía me dijo muy lentamente, acercando su cara a mi rostro:
V-a-s a t-e-n-e-r u-n h-i-j-o
Y yo le dije que no era posible, porque todavía no me casaba.
Ella sonrío con amargura, y luego lloró.

Y ahora la mujer gordísima, me sigue apretando con mucha fuerza el estómago, como si fuera de caucho y como si no me doliera, yo pataleo y grito.

La mujer que me maltrata, sin importarle nada, mueve mis piernas como si buscara algo, y entonces empiezo a sudar, empiezo a temblar y unas espinitas se me clavan en la cabeza, y todo me comienza a dar vueltas, como cuando ella me llevó a los juegos de remolinos de la feria.

La mujer suda y deja caer unas gotas que parecen quemarme, se apoya sobre mi cabeza, y sobre mi vientre, y siento que mi cabeza se cae definitivamente a un lado, mientras las paredes del cuarto dan tantas vueltas como yo.

Cuando despierto luego de un rato, todo es silencio, ya nada da vueltas, ahora estoy completamente sola, en ese cuartucho oscuro y frío, hasta que una pequeña luz se filtra con dificultades entre las rendijas, iluminando algo que empieza a inundar mi camastro, algo que viene mientras yo pierdo la fuerza a borbotones...
 

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